Premio del Público en el Festival de cine de Locarno, el filme sigue la historia de Germain, un hombre jubilado de 75 años que intentará reconstruir su vida tras la inesperada y repentina pérdida de su esposa. Con una familia sobreprotectora que no cree en su autonomía, recuperarla solo será posible a través de la danza.
Si las dos primeras películas de la directora suiza-Puppylove y El horizonte– se centraban en la juventud física, con su tercer largometraje aborda, precisamente, el otro extremo de la vida. Su protagonista, interpretado por el ganador del premio César, François Berléand, es un joven de espíritu que buscará refugio en algo que nunca antes había experimentado, la danza contemporánea. A espaldas de la sobreprotección de sus hijos, retomará el viaje que su mujer emprendió: realizar una interpretación que dirige La Ribot, en la que deberá aunar lo físico, lo gestual y lo vocal.
En su debut actoral, La Ribot, artista multidisciplinar madrileña, con reconocimientos tales como el Premio Nacional de Danza o la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, se interpreta a sí misma. Una coreógrafa que demuestra que todos los cuerpos son válidos para crear arte.
“A veces hay que cambiar las cosas cuando no las ves claras” sentencia su personaje en un momento del filme. En White Paper by hemos tenido la ocasión de charlar con ella y con la directora para saber más acerca del rodaje, de los posibles cambios de planes y de la soberbia colaboración de ambas artistas, que ha resultado en una cinta a favor de la vida y la danza.
– El rodaje finalizó hace 2 años ¿la película ha cambiado desde entonces?
Delphine Lehericey (DL): Yo no la miro (risas). Las películas no son una moda estacional, son eternas. Esta en concreto sigue una historia sin actualidad, se puede ver en cualquier momento.
– Germain prueba algo que nunca había hecho, ¿habéis probado algo nuevo últimamente?
DL: Sí, he hecho un niño, justo cuando terminé de rodar la película. Cansa mucho, pero es genial.
La Ribot: Yo también, he comenzado una cosa estupenda pero no lo voy a decir porque es demasiado personal.
– Como directora y coreógrafa, respectivamente ¿quién ha dirigido más en las escenas de baile?
DL: Yo creo que ha sido un poco más ella. Fue difícil para La Ribot porque tenía que ver la danza, como echar un ojo, pero a la vez interpretar a su personaje. Interpretar la comedia y ser coreógrafa, entonces tenía una doble responsabilidad. He insistido a la gente del club (bailarines) para que la conocieran y así fuesen responsables ellos mismos. Y así, La Ribot no tuviese que estar dando indicaciones. Quería que ella se pudiese concentrar en su trabajo como actriz y estuviese tranquila.
Es difícil para una realizadora. Como coreógrafa, dejarse dirigir por otra y confiar en el equipo… todo ha sido colectivo y a veces complicado.
– ¿Es contradictorio que la comedia vaya sobre una pérdida?
DL: Sí, la vida es una contradicción, vivir es absurdo. Yo quería de verdad intentar hacer una película divertida sobre un tema existencial, parra poder tomar menos en serio el tema de la muerte. Pero, después de haber terminado la película, tengo ganas de hacer más sobre lo que es perder a alguien. Intentar ver o mostrar lo que es envejecer y a la vez seguir vivo. Todavía centenares de películas se pueden hacer sobre eso.
– ¿Toda esta clase de emociones tan grandes se pueden expresar con el cuerpo?
La Ribot: Por supuesto, todas las cosas se pueden hacer con todas las cosas. En cine, en la danza, en el teatro, la literatura… son solamente diferentes medios. El cine, quizás, … las cosas cómicas, además, están basadas en grandes dramas. Por eso no hay contradicción, simplemente, es muy divertido el poderse reír de un personaje tan triste como Germain, metido en un problema tan estúpido, que quiere bailar. Es una historia de amor
– “A veces hay que cambiar las cosas cuando no las ves claras” ¿Hubo algún cambio de planes?
DL: En muchos momentos, todos los días. Ese es el oficio de la realizadora, adaptarse a lo que una ha escrito. Es como la vida, se prevén cosas y nunca pasan como se esperaba. Y en un rodaje más. No todo siempre funciona, hay que cambiar. La película al final se convierte en algo autónomo, hecho a sí mismo. Hay una base con personajes, evidentemente, pero de lo demás ya se sabe.
– En escena vemos danza, performance y, en general, muchas emociones ¿qué pasa cuando entra la cámara en juego?
DL: A mí no me marca esa gente que se enreda con la cámara. Eso no es cine, es ruido al lado de algo, es otro registro y otra manera de ver. Yo miro al lugar donde ella mira, donde ella hace su coreografía, que entiende Germain cuando está perdido o cómo encuentra algo en su cuerpo. Yo miro lugares distintos dentro de la escena. No miro quién rueda o cómo.
– La historia consigue desarrollarse en algo menos de hora y media. Algo llamativo en un momento en el que las películas se extienden mucho ¿a qué se debe?
DL: (risas) es más bien por una falta de presupuesto. A mí me parece que hay algo en esta historia que no podía alargarse. Hay tramas en otras películas que sí, que requieren más tiempo. Aquí era algo inmediato, que el espectador salga diciendo “me hubiese gustado ver más baile, más a Germain”, que se lleve eso. Es cierto que, hoy en día, los realizadores hacen películas de 2h y pico y ruedan nosecuantos días. Y, a veces, funciona.


