Llega a los cines la película de terror de la temporada junto con la ya estrenada La partitura. Blood, de Brad Anderson, es un estreno que se apoya tanto en la sangre como en los personajes de Michelle Monaghan y sus hijos en la ficción.
Una madre divorciada y en pleno proceso de reparto de la custodia tras la desintoxicación (Michelle Monaghan) cuida de sus dos hijos -niña y niño- en su casa de campo para el pesar de su exmarido (Skeet Ulrich). Una noche, su hijo es atacado por un perro proveniente de un misterioso y siniestro árbol cerca del bosque. Muestra síntomas graves, por lo que llaman a emergencias y es hospitalizado. Durante ese tiempo, se descubre algo perturbador: el niño mejora bebiendo sangre. Su madre decidirá criarlo fuera de casa, pero su amor maternal la hará cruzar ciertos límites éticos.
Brad Anderson debutó en el cine en 1996, con The Darien Gap, que consiguió una nominación del jurado del prestigioso Festival de Sundance. Varios títulos de thriller y de terror. Entre ellos destaca El maquinista, con un Christian Bale de cuyo método fue admirado, entre otros, por Aitana Sánchez-Gijón. Tampoco podemos olvidar sus numerosos créditos televisivos en series como The Wire, Broadwalk Empire, El hombre en el castillo, Peacemaker. Este perfil es el que le capacita para dirigir la película y a Michelle Monaghan, actriz a quien todavía le debemos un gran protagónico pero que tiene mucho talento y aquí lo muestra.
Sin embargo, de una importancia igual o mayor que ella -desde luego más que Skeet Ulrich- es la que se le concede a los niños, no tan conocidos pero con un papel crucial notablemente defendido desde el frente interpretativo.
Son ellos los principales ingredientes para que Blood salga adelante y enganche, brindando un título de terror más allá de la sangre, o, al menos, su uso morboso y ‘gore’ del fluido al que tan acostumbrados estamos. El público ya puede opinar por sí mismo, puesto que la propuesta ya está en carteleras.


