La primera retrospectiva en París —después de casi veinte años—, en el Museo Maillol sobre Robert Doisneau será todo un acontecimiento. Nadie quiere resistirse a la alegría contagiosa que desprenden sus imágenes, pero cuidado: no hay que caer en los tópicos. El fotógrafo francés siempre se preocupó por evolucionar, hacer cosas muy distintas, en color, en diferentes formatos, géneros… Todo encuentra su representación en Instants Donnés, que nace con vocación de exposición total y muestra un panorama lo suficientemente amplio y exhaustivo como para que Doisneau, una vez más, vuelva a sorprender.
Por Pilar Gómez Rodríguez
Las fotografías de Doisneau son el sitio donde a una le gustaría quedarse a vivir: hay humor, intensidad, empatía, belleza, energía… Y esto no significa que su autor quisiera ocultar el lado oscuro o salvaje de la vida, casi al contrario. Doisneau también retrató las periferias, los márgenes, la precariedad, la vida de las fábricas… Lo que ocurre es que siempre supo extraer luz en todos los lugares donde posaba su mirada y dignidad en todas las personas que pasaban por su objetivo. Dan prueba de ello las 330 instantáneas que componen la muestra “Robert Doisneau. Instants donnés” que desde el 17 de abril y hasta mediados de octubre se puede ver en el parisino Musée Maillol.
“¡Ven!”
Eso parece decir el niño cuya imagen, con los brazos tan ampliamente abiertos como su sonrisa, se ha escogido para anunciar la muestra. Es un retrato de 1936 y se titula El salto. No es una excepción, la infancia tiene siempre un lugar preferente en la trayectoria de este fotógrafo. Nunca se desentendió de ella y ella, la infancia, le correspondió con lealtad: el espíritu de la niñez lo acompañó toda su vida. Esa mirada distinta, ese ver aquello en lo que los demás no reparan, tan propio de los niños… Eso lo tenía Robert Doisneau. Y lo quiso conservar. La fotografía lo hizo posible. Por eso, quizá, en la definición de su profesión citaba dos características relacionadas muy a menudo con la infancia: “En realidad, ser fotógrafo es una forma de desobediencia, porque la desobediencia y la curiosidad son los dos requisitos de esta profesión”. A veces le unía un tercero: el asombro, también frecuentado por niños y niñas.
Por desobediencia, Doisneau se hizo fotógrafo. Al menos, del tipo que conocemos. Y es que en 1934, ese joven nacido en Gentilly en 1912 que se consideraba más banlieusard que parisino, había entrado a trabajar en Renault como fotógrafo industrial, pero fue despedido por llegar tarde y por intentar falsificar las tarjetas con las que se fichaba. Por desobedecer, al fin y al cabo. Su siguiente empleo, aparte de trabajos esporádicos, sería en la prestigiosa agencia Rapho, trabajando para tantos medios como se pusieran a tiro, pero antes había que pasar la guerra, la maldita guerra, como la llamaba Robert Doisneau.
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