Objeto y sujeto

Todo empieza en un espejo. Devolverle la mirada al propio rostro es un acto reflejo. El principio de un ejercicio recurrente en el mundo del arte, un diálogo del autor consigo mismo y su obra que el libro Self portraits, de Assouline,explora en 64 platónicos ejemplos. De Goya a Basquiat. De Eva Gonzalès a Urs Fischer.

Por: Laura García del Río 

© akg-images
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Francis Bacon los odiaba. Si los hacía, contaba, era porque “la gente ha estado muriéndose a mi alrededor como moscas y no me queda a nadie más a quien pintar que a mí mismo.” Con los de Van Gogh se podría hacer un libro. Incluido el que se descubrió en 2022, rayos X mediante, en el reverso de su Retrato de una campesina con cofia blanca. Los de Picasso –los 90 que dibujó, de los 13 a los 91 años– son su mejor biografía. A Frida Kahlo le fascinaban. Tanto como para poner un espejo encima de su cama para poder seguir pintándose cuando la poliomielitis la postraba. El primero de Warhol, que fabricó a partir de una instantánea que se hizo en un fotomatón por 10 centavos, se subastó en 2017 por seis millones de euros. El de Paula Modersohn-Becker embarazada y desnuda –uno de los primeros de su clase– marcó una inflexión. Era 1906. Bruce Nauman desafió los códigos tradicionales proyectando su identidad en la luna con su nombre escrito en luces de neón. Robert Gorber introdujo la metáfora, y de pasó honró el ready-made, convirtiéndose en un lavabo. Se inspiró en el fregadero con el que convivió en su casa de Spring Street desde 1978 hasta 1982. Y Cindy Sherman los ha tergiversado, resignificado y convertido en la columna vertebral de un cuerpo de trabajo que explora la idea de la identidad.

© Heritage Image Partnership Ltd_Alamy Stock Photo
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“El autorretrato no es meramente un acto de introspección, sino que está íntimamente moldeado por el contexto cultural, reflejando el tiempo y el ambiente social en el que se crearon”, escriben Philippe Ségalot y Morgane Guillet en el prefacio de Self Portraits, una antología de 148 páginas y 64 imágenes en la que el marchante y la manager exploran la alquimia del arte que se mira a sí mismo. Con ensayo de Robert Storr y dispuesto en orden cronológico –acompañando el pulso de los tiempos y las fórmulas del momento–, va del lienzo de Goya delante de su propio caballete a finales de 1700 al de Nathanaëlle Herbelin mirando a la audiencia, al artista y a sí misma en 2018.

© Fine Art Images_Bridgeman Images
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No están todos lo que son pero son todos los que están. “Hubo momentos de frustración cuando artistas que amamos left little or nothing to contribute to this collection”, cuenta el dúo. Como Giorgio Morandi y Domenico Gnoli. Si hay que llegar a 1832 para empezar a encontrar los de artistas mujeres o de color es porque, canon mediante, antes del siglo XX su voz era minoritaria – repudiada, o ignorada en el mejor de los casos–.

© Charles Ray, Courtesy Matthew Marks Gallery, Photo © Whitney Museum of American Art_Licensed by Scala_Art Resource, NY
© Charles Ray, Courtesy Matthew Marks Gallery, Photo © Whitney Museum of American Art_Licensed by Scala_Art Resource, NY

Con su claros y oscuros, sus versos sueltos y sus ausencias, el autorretrato ha sido un tema recurrente en el arte. Ha sostenido un rol clave en su historia evolutiva. El ojo moderno se ha educado en la premisa de que una foto captura la realidad, y una autofoto el verdadero, individual y único yo. Pero la idea no se fraguó hasta que Albrecht Dürer pintó su primer autorretrato –y uno de los primeros de la historia– en 1500, cuando aún faltaban cien años para que se inventara el espejo plano y la mayoría de los artistas no firmaban sus lienzos. Aquel fue un ejercicio de técnica. De egocentrismo. De análisis y psicoanálisis. Dio forma a la idea moderna de lo que significa ser artista. Alguien con algo más que una habilidad motora para capturar lo que tiene delante. Sino para verlo. Querer entenderlo. Descifrarlo.

© The Solomon R. Guggenheim Foundation, Art Resource, NY
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Van Gogh decía que pintarse a sí mismo era la forma que tenía de ver eso que tanto le atormentaba. Kahlo, que lo hacía porque era el tema que mejor conocía. El autorretrato exige una intención. Es una expresión de uno mismo pero también de lo que le rodea. Es intimista y expositivo. Supone una confrontación directa entre el artista y el modelo, que son uno y a la vez no. Se produce una disociación de la persona. A veces también de la personalidad. Un diálogo con uno mismo que es al mismo tiempo un diálogo con el espectador, y con el mundo.

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