El Festival Ženy Víno Funk 2025 irrumpe con fuerza en el corazón de los Pequeños Cárpatos, combinando arquitectura efímera de vanguardia, diseño consciente y una atmósfera única entre viñedos. Bajo la dirección de Jakub Kolarovič Arquitectos, el evento se transforma en una experiencia multisensorial donde la cultura, el paisaje y el urbanismo temporal convergen para ofrecer un entorno envolvente y funcional. Esta edición no solo eleva la calidad del espacio público, sino que propone un nuevo modelo de convivencia entre naturaleza, música y diseño.
En lo alto de las colinas que rodean Pezinok, el paisaje se convierte en el verdadero protagonista. Lejos de intervenirlo con estructuras invasivas, el planteamiento urbano abraza el terreno. Las distintas áreas del evento se disponen siguiendo un esquema lineal que se adapta al ritmo del viñedo. Esta lógica, basada en las relaciones naturales entre funcionalidad y topografía, permite una circulación intuitiva, conectando de forma orgánica cada una de las zonas.
Desde la entrada, los visitantes acceden a un recorrido escénico. La nueva puerta principal marca un punto de partida simbólico y visual. Una fachada de malla blanca tensa recibe al público, flanqueada por instalaciones de acreditación, mientras una torre de policarbonato espejado lanza un haz de luz al cielo, visible desde todos los ángulos del recinto. Este gesto, simple pero poderoso, actúa como guía y como emblema de lo que está por venir: una experiencia pensada al detalle.
A lo largo del eje principal, el espacio se abre hacia una serie de pabellones y plataformas que no solo cumplen funciones prácticas, sino que construyen una narrativa visual. Uno de los puntos neurálgicos es la arena de conciertos. Aquí, el uso de paja como principal material de construcción se convierte en una solución tan ecológica como eficaz. Su capacidad para absorber el sonido permite reducir la huella acústica en el entorno natural, mientras que su facilidad de montaje y desmontaje la convierte en una opción plenamente sostenible. El resultado es un recinto cómodo, con accesos claros y capacidad para alrededor de 2.000 personas, integrado de forma armónica con el terreno.
Más allá de este punto central, cada espacio cuenta su propia historia. El pabellón conocido como Secret Stage ofrece una experiencia más íntima. Diseñado con una envolvente cambiante, permite transformar el ambiente según la hora del día. De día, se abre al paisaje, dejando pasar la brisa y las vistas; de noche, se cierra sobre sí mismo y se convierte en una pista de baile que mantiene la energía concentrada. A diferencia del resto de instalaciones, este volumen no desaparecerá al terminar el evento: se ha concebido como una estructura permanente, pensada para futuras actividades culturales y turísticas. Su fachada de policarbonato translúcido crea una iluminación suave, ideal para eventos nocturnos.
El Concept Store funciona como un punto de encuentro entre diseño y funcionalidad. Este pabellón, ubicado estratégicamente en la transición entre la entrada y las zonas de descanso, combina estructura ligera en madera y acero con superficies de policarbonato curvado. Su fachada sur, abierta hacia los viñedos, integra gradas que permiten sentarse, descansar y contemplar el paisaje. Al caer la noche, el volumen cobra vida con la luz interior que se difunde a través del revestimiento traslúcido, convirtiéndose en un punto focal del recorrido.
En un extremo más tranquilo, el pabellón de experiencias ofrece un respiro entre actuaciones. Aquí, la arquitectura acompaña el ritmo pausado del lugar. Módulos repetitivos de madera y tejidos suspendidos generan una atmósfera cálida y rústica, ideal para degustaciones, conversaciones o simplemente contemplar. La disposición longitudinal, en sintonía con las hileras de viñas, aporta orden sin rigidez, y la iluminación tenue subraya su carácter acogedor. Este espacio, dividido simétricamente, también incorpora zonas de apoyo gastronómico sin romper la continuidad visual.
El conjunto de intervenciones logra algo que no siempre se consigue en proyectos temporales: construir una identidad sin imponerla. Las decisiones de diseño no responden únicamente a criterios estéticos, sino también a una sensibilidad profunda por el lugar, su uso y sus habitantes temporales. Cada pabellón, cada sendero, cada punto de luz, está pensado para ser vivido y recordado. En una era donde lo efímero se consume con rapidez, este proyecto propone algo distinto: una arquitectura ligera, pero con memoria; diseñada para desaparecer, pero difícil de olvidar.


