Por Carlos Megía
En 1926, el arquitecto inglés Jack Sinclair construyó una villa en las colinas de Tánger, levantada a diez minutos del bullicio de la ciudad y con unas espectaculares vistas de la bahía. Jack vivió allí hasta que falleció en 1961 y este refugio privilegiado, Dar Sinclair, ha ido pasando a las manos de las nuevas generaciones de la familia. Ahora, ese regalo –y esa responsabilidad– recae sobre los hombros de sus últimas herederas, las hermanas Charlotte y Jacquetta, bisnietas de Jack y que la recibieron en 2016 tras la muerte prematura de su madre, la fotógrafa Tessa Codrington, a causa de un cáncer. “La casa es un lugar feliz y necesita personas felices dentro de ella”, afirma Jacquetta Wheeler que, además de anfitriona de este enclave disponible para huéspedes cuando ellas no lo habitan, es una de las modelos británicas que marcaron la moda a principios de siglo. Rostro de Gucci, Prada, Chanel, Fendi o Burberry, hasta Karl Lagerfeld dijo de ella que era una de las “mejores maniquís” de su tiempo. Aunque Wheeler ahora dedica la mayor parte de su vida a su trabajo como fotógrafa, la londinense de 42 años ejerce como guía de excepción de la ciudad de Tánger, y el legado centenario de su familia, para los lectores de White Paper By.
¿Qué te ofrece Tánger que ninguna otra ciudad en el mundo te da?
Hay muchas cosas únicas de Tánger. Para empezar, está solo a tres horas de distancia de Londres en avión. Llegas a una cultura completamente diferente, así que sientes que has escapado sin tener que volar demasiado lejos. Además, Tánger está llena de historias de mi familia y de amigos. Allí me siento cerca de mi madre y creo que a mis antepasados también les gustaría que pasara tanto tiempo en la ciudad como me fuera posible. Es un lugar muy libre, me siento segura y posee una mentalidad abierta que alude a mucha gente. Es exótica y maravillosamente poco convencional.
¿Cuál es el espacio más especial para ti en Dar Sinclair?
Me encanta sentarme en el balcón de mi habitación y contemplar nuestra fantástica vista de la bahía de Tánger y el estrecho de Gibraltar a lo lejos. Escuchar el sonido de los grillos en el jardín y, si lo cronometras bien, la llamada a la oración al mismo tiempo, es algo absolutamente mágico.
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