«Un perfume debe ser conocido de mano de su autor». Con esta idea en mente, creó su propia casa de perfumes, decidido a elevar la perfumería independiente al lugar que le corresponde y poder transmitir el lenguaje de los olores. Su discurso resulta un tanto disruptor en un entorno doblegado, las más de las veces, por los dictados del marketing, las modas y las normas, al tiempo que reivindica sacar del anonimato el papel del perfumista, como creador y comunicador. Compone sus perfumes a orillas del Mediterráneo, bebe de las fuentes de la tradición olfativa oriental y española y asegura que lo importante para crear un buen perfume es conocer a fondo y relacionarse con los ingredientes desde el origen
Por Carmen Lanchares.
En el universo de la perfumería no suele haber demasiados versos sueltos. Ramón Monegal es uno de ellos. Buen conocedor del oficio, cuarta generación de una familia ligada a la perfumería española, su pasión por los perfumes no fue algo innato como suele suceder en la profesión. Pero el destino muchas veces es obstinado y hoy, este hombre que quería ser arquitecto es una de las personalidades más relevantes de la perfumería de autor actual. Y siguiendo el lema de su abuelo Esteve, ha recogido el testigo de erigirse en uno de los guardianes del perfume.
Esta historia comienza a finales del siglo XIX, en Barcelona, en la droguería del bisabuelo, Ramón Monegal Nogués, donde se vendía de todo: pinturas, artículos de limpieza o perfumes. Según la tradición catalana, el negocio debía pasar al primogénito (el hereu), Esteve. Escultor, pintor, músico, poeta y escritor, los intereses de Esteve estaban muy lejos del negocio del padre, quien en un intento de preservar el legado familiar, en 1916, monta una fábrica de perfumes, Myrurgia, donde Esteve entra como director artístico. Le gustó. Se implicó de tal manera en el desarrollo de la imagen y la creación de perfumes que dejó el arte para dedicarse a Myrurgia, convirtiéndola en un referente de la perfumería española, con productos icónicos como Maderas de Oriente o Maja. “El abuelo era todo un personaje, un visionario”, comenta Ramón Monegal. Fue testigo de cómo la perfumería empezaba a caer en manos de modistos mientras los perfumistas se quedaban rezagados. Había una distinción clara entre la alta perfumería y lo que él veía como una versión diluida, algo similar al prêt-à-porter, que carecía de las virtudes y cualidades de la perfumería de verdad. “Creía que familias como Guerlain, con la que teníamos mucha relación, los Coty, nosotros mismos o los Puig debían convertirse en guardianes de la Perfumería, con mayúsculas. Recuerdo escuchar a mi abuelo hablarlo con mi padre, y se me quedó grabado. Es una responsabilidad que intento transmitir a mis hijos y nietos y la razón por la que en los tapones de muchos de los perfumes aparece estampado el lema ‘Guardián de Perfumes’”. Hoy, desde su propia firma, Ramón crea perfumes que reivindican la rica cultura perfumista española, algunos con nombres tan nuestros como Flamenco, Olé o Siesta, que forman parte de la Spanish Collection… Pero también posee una colección dedicada al oud o al musk, entre otras.
¿Por qué decides dedicarte a la perfumería?
No entraba en mis planes iniciales. Yo no era el mayor de la casa y no iba a heredar Myrurgia. Quería ser arquitecto, pero mi padre deseaba que comprendiese también el negocio familiar. Durante tres veranos, en vacaciones, me envió a aprender el oficio en Firmenich (Ginebra) bajo la tutela del maestro perfumista Arturo Jordi Pey, mi mentor, quien logró persuadirme de que tenía talento y creatividad para dedicarme a esto. Dejé la arquitectura para dedicarme oficialmente a la creación de perfumes, aunque nunca he desconectado del todo de esa fascinación por el diseño y las casas.
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