
El lago Mayor, enclavado al pie de los Alpes italianos y a escasos kilómetros de la Oasi Zegna, es un paisaje que la familia Zegna lleva generaciones recorriendo cada verano, y al que regresan no por costumbre, sino por convicción. Porque hay ciertos ritmos que uno no está dispuesto a abandonar: el café de la mañana en el bar del pueblo, el aperitivo en la piazza mientras el sol cae despacio, el paseo al caer la noche con el agua todavía en el horizonte.
Sobre ese telón de fondo, construido a base de tiempo lento y luz de montaña, ZEGNA ha filmado su campaña de verano 2026. Y la elección del escenario no es casual ni decorativa: es una declaración de intenciones sobre cómo la marca entiende el lujo masculino hoy, y sobre qué significa la elegancia cuando se le quita todo lo superfluo.
Detrás de la visión creativa de ZEGNA hay una figura que conoce este paisaje desde que tiene memoria. Alessandro Sartori, director artístico de la firma, nació en Trivero, literalmente a la vuelta de la esquina de donde Ermenegildo Zegna fundó su fábrica. Creció en el taller de su madre, que era costurera, y estudió textil en Biella antes de licenciarse en diseño de moda en el Istituto Marangoni de Milán en 1989, el mismo año en que se incorporó por primera vez a Zegna.

Su relación con la marca ha sido la de toda una vida, con un paréntesis en París donde dirigió Berluti y que él mismo describe como una experiencia decisiva. Cuando recibió la llamada de Gildo Zegna para volver, lo que empezó como una invitación a tomar un café en los Alpes terminó siendo una reunión de siete horas. Su relación con Zegna es única: «Cuando creces alrededor de la fábrica, y mi madre era costurera, para todos los que trabajaban en la industria aquello era una empresa mítica».
Desde su regreso en 2016, Sartori ha redefinido el lenguaje visual y material de la marca con una claridad poco común en el sector. Ha diseñado prendas pensadas para ser coleccionadas, conservadas durante décadas y combinadas con piezas de temporadas anteriores. Él mismo compara su trabajo con el de un cocinero: «Trabajo en la mejor cocina, con los mejores ingredientes», dice señalando el lanificio piamontés que el fundador estableció en 1910.


Para protagonizar esta historia, ZEGNA vuelve a contar con Mads Mikkelsen, su embajador global desde hace varios años. El actor danés ha construido a lo largo de su carrera una presencia que no necesita adornos: su imagen en la campaña encarna la visión de la marca sobre el refinamiento sin esfuerzo, donde la ropa no es performativa, sino que se integra de forma natural en la experiencia del lugar. Mikkelsen se mueve por las orillas piamontesas del lago con esa calma de quien sabe exactamente dónde está y por qué, sin necesidad de demostrarlo.
La elección de Mikkelsen no es solo una cuestión de imagen. A lo largo de su colaboración con la marca, el actor ha demostrado una afinidad genuina con la filosofía de Zegna, esa idea de que la calidad no se exhibe sino que se siente, de que la elegancia real es la que no exige atención. En las imágenes de la campaña, con el lago al fondo y la luz piamontesa filtrándose entre las montañas, esa afinidad resulta completamente creíble.
Uno de los elementos más poderosos de la campaña es la embarcación a bordo de la cual transcurre parte del rodaje: el Riva Aquarama personal de la familia Zegna. Un barco que, para quien entiende de diseño italiano, vale tanto como cualquier prenda de la colección.
La historia de Riva arranca en 1842, cuando un carpintero llamado Pietro Riva montó un astillero familiar junto al lago Iseo. Pero sería Carlo Riva, cuatro generaciones después, quien elevaría la marca a la categoría de mito con la Aquarama, presentada por primera vez en la Feria Internacional Náutica de Milán en noviembre de 1962 bajo el eslogan «Sole, mare, gioia di vivere«.

Apreciada por sus líneas limpias, su casco de caoba, los detalles de cromo brillante y su característico tapizado en azul turquesa y crema, la Aquarama reflejaba el optimismo de la dolce vita de la Italia de principios de los sesenta. Es imposible imaginar las costas europeas de aquella época sin imaginar veranos interminables descansando en la popa de esta embarcación bajo el sol de agosto.
El éxito de la Riva Aquarama fue inmediato: su belleza, su velocidad y su cuidadosa realización a mano la convirtieron en el Ferrari del mar. La lista de sus propietarios y admiradores incluye a Brigitte Bardot, Elizabeth Taylor, la familia real de Mónaco o Gianni Agnelli, quien la probó en su primera salida antes de que estuviera siquiera terminada. Verla cruzar el lago Mayor en la campaña, con Mikkelsen a bordo y las montañas al fondo, es entender en un solo fotograma todo lo que ZEGNA quiere decir sobre este verano: que hay objetos que no envejecen, que la artesanía bien entendida es la forma más duradera del lujo.
La coincidencia filosófica entre ambas firmas no es solo retórica. Tanto Riva como ZEGNA partieron de un oficio y terminaron construyendo algo más difícil de definir que un producto: un modo de estar en el mundo. Un modo que apuesta por el material noble, por el trabajo manual, por la forma que responde a la función sin renunciar a la belleza.

En el centro de la propuesta estacional está la colección Oasi Lino, que en este verano 2026 se consolida como una de las líneas más representativas de la firma italiana. Inspirada en la naturaleza, la artesanía y la innovación, está elaborada con lino certificado con trazabilidad al cien por cien y redefine los looks para clima cálido a través de su ligereza, suavidad y una elegancia que no necesita alzar la voz.
El recorrido de esta fibra tiene su propia geografía, y merece contarse con detenimiento porque forma parte del argumento. Todo comienza en Normandía, al norte de Francia, donde se cultivan algunas de las fibras de lino más finas del mundo. Sembradas en primavera, las plantas florecen a principios del verano antes de ser transportadas a Italia, donde ZEGNA las convierte en tejidos de distintas texturas y pesos.
Para el verano 2026, la colección se teje en una mezcla estudiada de cachemir, lino y algodón. La paleta de color remite directamente al entorno donde fue fotografiada: verde pino, taupe profundo y un blanco luminoso que capta la luz que rebota en el agua al mediodía. Son tonos que no compiten con el paisaje, sino que forman parte de él. La silueta es relajada, con volúmenes que no oprimen sino que acompañan, y una fluidez en el movimiento que hace que cada prenda parezca haber sido llevada desde siempre.
Junto a Oasi Lino, la campaña sitúa en primer plano el Mocassin, el mocasín icónico de la casa. Un calzado que en el universo Zegna no necesita presentación, y que aquí aparece como el punto de unión entre las horas del lago y las veladas que se alargan hasta pasada la medianoche. En cierta forma, el Mocassin encarna perfectamente la propuesta de la colección: un objeto que no distingue entre el día y la noche, entre lo formal y lo informal, entre el interior y el exterior. Simplemente acompaña.

La colección en su conjunto está diseñada para moverse sin costuras del calor del día a las noches más frescas, con una elegancia sin artificios que parece dictada por el propio entorno. No hay versiones distintas de uno mismo para cada momento. Hay un único guardarropa que sabe adaptarse sin llamar la atención sobre sus propias transformaciones.
Esa capacidad de transitar de un momento a otro del día sin cambiar de registro es, quizás, la promesa más honesta que puede hacer una colección de verano. Y es también uno de los principios más difíciles de ejecutar con convicción: requiere un dominio técnico de los materiales, una comprensión precisa de la silueta y, sobre todo, una renuncia a los efectismos que muchas marcas no están dispuestas a hacer.

La marca posiciona el verano como un ejercicio de contención, en continuidad con su narrativa más amplia sobre el «lujo sereno«, donde la calidad y la intención reemplazan al exceso. Esa filosofía se concreta en decisiones muy específicas: en la elección de un lago familiar antes que de un destino espectacular, en la preferencia por una embarcación de familia antes que por un yate de representación, en una paleta que dialoga con la naturaleza antes que competir con ella.
Hay algo profundamente coherente en que una marca que nació en la montaña, que plantó sus primeros árboles hace casi un siglo, que teje su lino en las últimas fábricas europeas que todavía dominan ese oficio, elija el lago Mayor para hablar del verano. No es marketing de territorio: es una afirmación de continuidad. La familia Zegna vuelve cada verano al lago Mayor porque es donde la vida tiene sentido. La colección que presentan este año existe por las mismas razones. Lo que ZEGNA propone no es silencio por pudor, sino silencio por suficiencia.


