Vacheron Constantin y el Louvre regresan a los orígenes de la civilización

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©Vacheron Constantin

Hay algo profundamente paradójico en querer detener el tiempo cuando lo que se está celebrando es precisamente su paso. Esa tensión, sin embargo, es exactamente la que hace interesante la nueva entrega de la colección Métiers d’Art Homenaje a las Grandes Civilizaciones que Vacheron Constantin ha presentado en Watches & Wonders 2026. Cuatro relojes. Cuatro civilizaciones. Miles de años de historia humana comprimidos en esferas de menos de cuarenta milímetros.

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La colaboración entre la manufacture ginebrina y el Museo del Louvre arrancó en 2019, con una alianza orientada a algo más ambicioso que la imagen de marca, la preservación y transmisión de la artesanía tradicional. En 2022 llegó la primera serie de piezas, y ahora, con esta segunda colección, el proyecto se consolida como uno de los cruces más rigurosos entre alta relojería y patrimonio cultural. No se trata de inspiración superficial ni de motivos decorativos tomados prestados de una vitrina. Los responsables de los departamentos del Louvre participaron directamente en el proceso, asesorando sobre los materiales piedras del mismo origen y calidad que los usados en la Antigüeda y supervisando la exactitud histórica de cada representación.

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Los cuatro modelos, limitados a quince piezas cada uno, están impulsados por el Calibre de Manufactura 2460 G4/2, un movimiento que, por su arquitectura, deja el máximo espacio posible a la expresión artística de la esfera. Y la expresión, en estos relojes, es todo. Cada pieza moviliza varios de los oficios decorativos más exigentes del universo relojero, la glíptica, el micromosaico, el grabado, el esmaltado, la marquetería, la doradura y la pintura en miniatura. Nueve técnicas en total a lo largo de la colección, cada una elegida para dialogar con el lenguaje visual de la civilización que le da nombre.

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El primero de los cuatro relojes rinde tributo al Busto de Akenatón del Imperio Nuevo de Egipto, una pieza fragmentaria del Louvre descubierta en el siglo XIX en Amarna. Tallada en arenisca, la estatua representa al faraón con una barba postiza ceremonial y un rostro alargado, casi abstracto, de rasgos andróginos ojos rasgados, labios carnosos, mentón puntiagudo que encarna la revolución religiosa y artística que Akenatón puso en marcha durante su reinado. Que ese rostro haya acabado en la esfera de un reloj no es una frivolidad, sino una forma de seguir mirándolo.

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El segundo homenaje pertenece al Imperio Neoasirio, a través del Lamassu de Sargón II. Estas criaturas colosales cinco metros de altura, cuerpo de toro, alas de águila, rostro humano custodiaban las puertas del palacio de Jorsabad, la ciudad de Sargón II en el norte del actual Irak. Hoy son de los tesoros más imponentes del Departamento de Antigüedades Orientales del Louvre. En miniatura, en la esfera, conservan algo de esa presencia sobrecogedora.

El tercer reloj viaja a la Antigua Grecia con la Atenea de Velletri, la magnífica copia romana de un original griego atribuido a Cresilas, esculpido hacia el 430 a.C. La estatua, de más de tres metros, fue descubierta en 1797 cerca de Velletri y representa a la diosa patrona de Atenas en todo su poder marcial. Su contemporáneo Fidias autor de la Atenea Partenos la convierte en referencia inevitable de la escultura clásica griega en su momento más alto.

 

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Cierra la colección el Tíber del Iseum Campense, una escultura de mármol de casi dos metros que representa al dios del río recostado, con una cornucopia repleta de frutas y espigas y, a su lado, la loba que amamanta a Rómulo y Remo. Hallada en Roma en 1512 en el emplazamiento de un santuario dedicado a Isis y Serapis, la pieza condensa el mito fundacional de la ciudad en una sola imagen, la abundancia, la protección y el origen.

 

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Lo que une estos cuatro mundos el Egipto faraónico, la Asiria de Sargón, la Grecia clásica, el Imperio romano no es solo la antigüedad ni la monumentalidad de sus referentes. Es la certeza de que todas estas civilizaciones entendieron el arte como una forma de transmitir aquello que importaba. Vacheron Constantin, con casi tres siglos de historia ininterrumpida a sus espaldas, parece haber llegado a la misma conclusión.


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