Un agujero en mi jardín es una instalación inmersiva que redefine la experiencia del diseño mediante la innovación, la naturaleza y la interacción. Creada por las visionarias Elena Rocabert y Raquel Buj, esta propuesta experimental invita a los visitantes a sumergirse en un espacio en constante transformación, donde el diseño deja de ser estático para convertirse en un organismo vivo. A través del uso del micelio, un biomaterial orgánico, las creadoras fusionan tecnología y naturaleza en una experiencia sensorial única que revoluciona la forma en que percibimos el espacio, la fragilidad y las relaciones entre los ecosistemas. Un viaje que no solo toca los sentidos, sino que también provoca una reflexión profunda sobre nuestra conexión con el mundo natural.
Esta instalación, que puede visitarse del 12 al 23 de febrero en la Institución Libre de Enseñanza de Madrid, surge como un espacio donde la interacción y la experimentación se vuelven los pilares fundamentales del diseño. Al caminar por sus salas, los asistentes se adentran en un universo donde la naturaleza no solo se observa, sino que se siente, se escucha y se respira. En el corazón de esta obra, el micelio se convierte en un medio no solo constructivo, sino también vibrante, capaz de tejer conexiones invisibles entre lo natural, lo material y lo sensorial.
Las creadoras, Elena y Raquel, parten de una premisa radical: ¿qué pasaría si el diseño pudiera respirar? A través de sus investigaciones en el Bio Lab del IED Madrid, han desarrollado un concepto donde el diseño se reinventa como un ser vivo, en continuo crecimiento y transformación. El micelio, con su estructura similar a la de las raíces y ramas, se expande y se adapta al entorno, al igual que el diseño debe hacerlo en la actualidad. Este material, que no solo es biodegradable, sino también capaz de crear vínculos entre especies, se convierte en la metáfora perfecta para una propuesta que, más que una instalación, es una reflexión sobre nuestra relación con el medio ambiente y nuestra huella en él.
El espacio de la ILE se transforma en un laboratorio sensorial. Con un diseño que recuerda a las entrañas de la naturaleza, las paredes blancas y suaves de la institución se convierten en un telón de fondo para una obra que se extiende, se despliega y se transforma con cada paso del visitante. En este escenario, el micelio no solo se muestra como material escultórico, sino que se activa como un conducto de vibraciones sonoras, revelando una dimensión oculta que habla de la vida que fluye bajo nuestros pies. Las vibraciones, grabadas en los bosques de Ámsterdam, se amplifican a través de geófonos, creando una atmósfera etérea que envuelve al espectador y lo conecta con un ecosistema distante pero cercano.
Lo fascinante de esta propuesta no es solo la idea de una instalación que cambia a cada interacción, sino la manera en que nos invita a reflexionar sobre la vulnerabilidad y resiliencia de los ecosistemas. La fragilidad del micelio, que en su red interconecta vida, muerte y renacimiento, es una metáfora de los procesos invisibles que ocurren en la naturaleza y que, a menudo, pasamos por alto. Así, esta obra se convierte en un homenaje no solo a la materia viva, sino también al ciclo continuo de crecimiento y transformación, recordándonos que el diseño, como la naturaleza, nunca es estático.
Al entrar en «Un agujero en mi jardín», el visitante se convierte en parte de esa red viva. Su presencia activa el espacio, haciendo que el diseño no solo se vea, sino que también se escuche y se sienta. Las formas orgánicas del micelio reaccionan al movimiento, se expanden o se contraen, como si respiraran al ritmo de quien se acerca a ellas. Este es un diseño que se adapta, que reacciona y que invita a la participación constante, llevando al espectador a una experiencia sensorial más profunda que trasciende la simple observación.
El proyecto también pone en evidencia la importancia de la colaboración multidisciplinar. La instalación ha sido desarrollada por Elena y Raquel junto con su alumnado de Experimentación de Materiales del IED Madrid, lo que refleja el compromiso de la escuela con la innovación y el aprendizaje colaborativo. El trabajo conjunto ha dado como resultado una experiencia que no solo explora los límites del diseño, sino que también promueve la reflexión sobre el futuro de nuestros ecosistemas y cómo las disciplinas del diseño pueden contribuir a su preservación.
«Un agujero en mi jardín» es, por lo tanto, una propuesta que desafía las convenciones del diseño y nos invita a experimentar un espacio donde la naturaleza, la tecnología y la percepción humana se encuentran. Más allá de ser solo una obra de arte, esta instalación nos recuerda que el diseño tiene el poder de activar todos nuestros sentidos, generando una conexión profunda con lo que nos rodea y un entendimiento más claro de nuestro lugar en el mundo natural.
Al finalizar la experiencia, quienes visiten esta instalación no solo habrán sido testigos de una pieza única de vanguardia, sino que se llevarán consigo una reflexión más amplia sobre la relación que debemos establecer con el entorno. Un viaje a través de los procesos invisibles que dan vida al mundo, donde el diseño no solo da forma a los objetos, sino también a las emociones, los sonidos y los ecos de la tierra misma..


