
Por Íñigo de Amescua
Tiempo, serenidad, crear vínculos con los que nos rodea. Con lo que comemos, con el lugar que habitamos, aunque sea por unos días. Esta es la particular versión de paraíso que han logrado crear en Menorca Benedicta Linares Pearce (nacida en la isla) y Benoît Pellegrini con Son Blanc. Un proyecto de ensueño que aúna sostenibilidad, ecología, y una granja tradicional en un hotel de 15 habitaciones en el que uno se puede imaginar pasando la vida entera refugiado bajo la sombra de un olivo salvaje, notando el viento en el pelo, viendo el sol ponerse.


Anne-Cecile Comar, cofundadora del estudio de arquitectura Atelier du Pont, respondió al desafío y, juntos, concibieron un espacio reconstruido con barro de la isla, madera reutilizada, marès (la roca natural de las islas), cerámica y textiles también locales. Una finca, con 130 hectáreas, que acoge espacios para el yoga, el baile, clases de cocina, una piscina excavada en la roca, música, un gimnasio en un bosque, agricultura regenerativa, talleres de cerámica… El proyecto arquitectónico, respetuoso con la obra original, preservó elementos fundamentales en el carácter menorquín como los grandes forjados, las aberturas arqueadas, los techos abovedados, las paredes encaladas o los canalones en las paredes. Son Blanc es, pues, fiel a los principios de la arquitectura bioclimática y aspira a la autosuficiencia hídrica, energética y alimentaria, gracias al aprovechamiento de los recursos naturales de la isla y de lo que se cultive en su superficie.
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