Recuperamos la historia del diseñador brasileño que supo que la modernidad no solo consistía en tubos rígidos, grises y fríos. Sus piezas demostraron que se podía diseñar con afecto y con suavidad, que la elegancia no estaba reñida con la exuberancia. De la mano de Fernando Mendes, presidente del Instituto Sergio Rodrigues Rodríguez, repasamos la figura del artista que supo llevar la identidad de un país, Brasil, al terreno del diseño.
Por Pilar Gómez Rodríguez

Tiene una biografía exuberante, plagada de anécdotas divertidísimas y de tragedias pavorosas. Entre las primeras, por ejemplo, que su abuela le veía tan claramente posibilidades como papa —el primer papa brasileño— que encargó un anillo de palisandro tallado con el símbolo de la familia y le dijo: «Lo usarás cuando recibas la bendición». El resultado: “Lo usé y lo perdí el primer domingo porque lo llevé a la playa para presumir con mis amigos”, se puede leer en el relato biográfico de la web del Instituto Sergio Rodrigues. O cuando, ya de adulto, y como diseñador, llevaron una de sus piezas, el sofá Topo, a la playa de Leblon, en 1958, para hacer una sesión fotográfica y la marea comenzó a subir hasta empapar la pieza, que aún era un prototipo. Entre las catástrofes, la muerte de su padre, asesinado cuando Sergio Rodrigues tenía apenas dos años, por una bala que iba destinada a su abuelo, fundador del periódico A Crítica, y que recibió el progenitor, dibujante en esa cabecera. O la enfermedad que a los nueve años le tuvo cinco días en una especie de coma y que hizo a sus familiares temer por su vida. Se despertó, por suerte, para seguir con sus pasiones de niño que eran ser aviador y surcar los cielos o volar por tierra y convertirse en piloto. Le fascinaba la velocidad y le encantaba dibujar.
Un gran descubrimiento en su vida fue comprobar que todo era susceptible de ser dibujado, no solo las fachadas, como pensaba que era el cometido de la arquitectura. Si estudiaba esa disciplina, podía dibujar mucho, podía dibujarlo todo, solo que había que denominarlo de otra manera: diseñar. Sergio Rodrigues fue un niño que dibujaba y construía sus propios juguetes y luego se hizo diseñador como continuación natural de esa inquietud y ese talento. Ese aire juguetón, curioso y aventurero impregna su producción. “Sergio crea con la alegría de un niño, sus piezas son juguetes para grandes”, se lee encabezando la biografía del diseñador brasileño en la web del Atelier Sergio Rodrigues, y es de su director Fernando Mendes, que responde a las preguntas de White Paper By sobre quien es considerado padre del diseño brasileño.

Todo viene de allí, de esa época de juegos e imaginación, de esa juventud de perseverancia y trabajo, de esa época de madurez donde empezaron a fructificar los esfuerzos de toda una vida creyendo que se podían hacer las cosas de otra manera, que la modernidad en el diseño no tenía que ser siempre sinónimo de frialdad y líneas rectas, que los interiores podían ser cálidos, que los muebles eran capaces de acoger y trasmitir sensación no solo de casa, sino de llegar-a-casa.
Y nada fue fácil, no funcionó la primera tienda de Curitiba, ni la segunda en São Paulo… Pero hay algo que suele funcionar y es la experiencia adquirida y el trabajo incesante. Y de ambos sabía ya bastante Sergio Rodrigues cuando llegó a Rio de Janeiro y dio en el clavo con la ubicación, el nombre y el espíritu de su nueva aventura comercial: Oca. Así se llaman las típicas viviendas indígenas brasileñas a base de trabajo conjunto y materiales sencillos. Inaugurada en 1955, fue todo un acontecimiento. No quería simplemente acumular piezas para ser vendidas, quería transmitir la idea y la visión del diseño de espacios. Estaba en el momento perfecto y el sitio adecuado. En plena efervescencia de la arquitectura brasileña moderna, empezaban a levantar la cabeza algunos creadores (artistas, diseñadores y arquitectos) que miraban a sus raíces, a los materiales y a las formas tradicionales con cariño. Estaban convencidos de que había una forma brasileña de ser moderno y solo había que descubrirla. Sergio Rodrigues lo hizo, imaginó muebles menos estirados, más amables, como recuerda Fernando Mendes: “Siempre ideó entornos en los que los objetos parecían personajes.
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