
Schiaparelli: Fashion Become Art, inaugurada el pasado 28 de marzo en el Victoria and Albert Museum de Londres, es una exposición que argumenta. No es un repaso cronológico ni un homenaje complaciente: es una tesis. Y la tesis es esta: que Elsa Schiaparelli no fue una diseñadora que se inspiró en el arte, sino una creadora que generó arte, que lo provocó, qué lo hizo posible en otros.

Fue Schiaparelli quien trajo el surrealismo a Londres por primera vez, tres años antes de que la célebre Exposición Internacional Surrealista abriera sus puertas en 1936. Cuando la diseñadora italiana presentó sus creaciones en Gran Bretaña a través de su boutique en Mayfair, ese espacio se convirtió en el primer lugar surrealista del país. Un dato que, a estas alturas, sigue sin recibir el reconocimiento que merece fuera de los círculos especializados.

El museo presenta esta muestra como la primera gran exposición en el Reino Unido dedicada íntegramente a la Maison Schiaparelli, y abarca desde la década de 1920 hasta hoy, celebrando la influencia de la diseñadora y trazando una línea directa entre su trabajo fundacional y el de su actual director creativo, Daniel Roseberry.
Eso solo, ya debería detener a cualquiera. Estamos hablando de una de las figuras más influyentes del siglo XX en moda, y hasta ahora ninguna institución británica le había dedicado una exposición en profundidad. El V&A, que custodia la colección más importante de prendas de Schiaparelli en el Reino Unido, ha tardado en hacer los honores, pero lo ha hecho con ambición: más de 400 objetos, entre ellos un centenar de conjuntos y cincuenta obras de arte, además de accesorios, joyas, pinturas, fotografías, mobiliario, perfumes y material de archivo.
La muestra se articula en cuatro secciones que construyen su argumento con solidez. La primera, Designing the Modern Wardrobe, recorre los inicios de Elsa en París, desde que abrió su primer local en 1927 bajo el cartel Schiaparelli. Pour Le Sport hasta convertirse, a mediados de los años treinta, en la couturiére de referencia de la mujer urbana moderna. Trajes de pantalón, sastrería afilada y una noche con un vestido de lamé dorado que todavía hoy resulta imposible de ignorar.
La segunda sección, Creative Constellations, es quizás la más reveladora. Sonnet Stanfill, conservadora jefe de moda del V&A, lo explica con precisión: no se trataba de que Schiaparelli tomará imágenes surrealistas y las pegara en sus prendas. Era alguien completamente integrada en el proceso creativo, con un intercambio genuino y colaborativo con los artistas de su entorno. La diferencia entre apropiarse de un lenguaje y construirlo junto a quien lo habla es fundamental.
El Lobster Telephone de Dalí convive en la sala con el vestido de seda que Schiaparelli confeccionó un año antes con una langosta estampada. Un dial de teléfono que se convierte en polvera, un zapato que se transforma en sombrero. Un traje de Marlene Dietrich con botones de Giacometti que reproduce una silueta femenina en relieve. Un abrigo negro de noche con rosas de seda en los hombros y dos perfiles bordados en la espalda, fruto de la colaboracion con Jean Cocteau.

Entre joyas absolutas de la muestra se encuentran el Skeleton dress de 1938, el único ejemplar que ha sobrevivido, parte de la colección permanente del V&A y el Tears dress, también de 1938, ambos concebidos con Dalí.
La tercera sección, Beyond París, recupera una parte de la historia de Schiaparelli que con frecuencia queda en segundo plano: su dimensión internacional y su presencia en Londres. La apertura de su salón en Mayfair en 1933, apenas seis años después de fundar la maison, consolidó su proyección internacional. El V&A presenta prendas con la etiqueta Schiaparelli London, un traje de terciopelo burdeos con bordados dorados, un conjunto llevado a la coronación de Jorge VI en 1937, y lo que se considera el único vestido de novia conocido diseñados por Elsa Schiaparelli, confeccionado en rayón arrugado color ostra con hilo metálico.

También hay espacio para el cine y el teatro: diseñó vestuario para producciones británicas, francesas y americanas y fue la diseñadora predilecta para el guardarropa personal de las grandes intérpretes de la época. El traje de Mae West para Every Day’s a Holiday está en la muestra. También la sastrería marcada que Marlene Dietrich convirtió en seña de identidad.
La última sala, A golden Thread, es la más polémica en términos curationales, no porque falle, sino porque plantea una pregunta que no tiene respuesta fácil: ¿Puede un sucesor portar una visión sin diluirla?
Desde que tomó las riendas de la maison en 2019, Daniel Roseberry ha llevado adelante el legado con diseños innovadores e impredecibles, demostrando el dominio de las técnicas de la alta moda parisina y convirtiendo de nuevo a Schiaparelli en el guardarropa de artistas y creativas de primer nivel.
Los momentos mas reconocibles de su etapa estan presentes: El robot bebe cubierto de brillantes que la modelo Maggie Maurer llevo en la presentacion de la Haute Couture Primavera/Verano 2024, el deslumbrante vestido de Ariana Grande en los Oscars de 2025 y una version contemporanea en negro y dorado del Skeleton drees, diseñado para Dua Lipa en los globos de Oro de 2024.

Sus diseños de siluetas esculturales y sus guiños a la indumentaria del oeste americano representan una interpretación contemporánea del espíritu subversivo de la fundadora, demostrando cómo el concepto de un conjunto inesperado puede seguir provocando y sorprendiendo, haciendo avanzar la moda y la cultura popular.
El debate de fondo no es nuevo: arte y moda se atraen mutuamente, pero la relación se complica porque son disciplinas fundamentalmente distintas. El arte es cerebral y está hecho para perdurar, la moda es comercial, estacional y en esencia, volátil. Schiaparelli fue la excepción extraordinaria: una diseñadora que construyó su negocio encendiendo chispas junto a artistas surrealistas y empujando los límites del vestir.

El director de la exposición del V&A, Daniel Slater, lo formula de manera precisa: con un proyecto sobre Schiaparelli se invierte la narrativa habitual del museo de moda, en la que los diseñadores se inspiran en el arte. Lo que ocurre con Elsa es que es una de las más grandes diseñadoras de la historia e inspiró a algunos de los más grandes artistas del siglo XX.
Eso, en una época en la que la moda oscila entre el entretenimiento viral y la búsqueda de legitimidad cultural, tiene algo de espejo. Schiaparelli: Fashion Becomes Art no resuelve el debate sobre si la moda es o no es arte. Pero pone sobre la mesa suficiente evidencia como para que la pregunta en sí misma parezca pequeña.
La exposición puede visitarse en The Sainsbury Gallery del V&A South Kensington hasta el 8 de noviembre de 2026.


