
Tendrá un centenar de sus creaciones. Instalaciones, videos, fotos, obras de los artistas que le han marcado. Hasta una recreación milimétrica de su dormitorio. Y a él como director creativo. Plato fuerte del programa estival del Palais Galliera de París, Temple of Love no es una retrospectiva al uso. Es una reflexión personal del ethos creativo (y vital) de un diseñador que ha combado lo que entendemos por moda.
Laura García del Río
Podría haber sido un artista incendiario. Un inventor iconoclasta. Un actor desmandado. De hecho quería ser pintor. David Salle y Julian Schnabel eran sus referentes. Claro. Pero eligió ser modisto. Aunque uno incendiario, iconoclasta y desmandado. Desde las primeras prendas que cosió con su etiqueta en 1992 hasta la última colección que presentó en marzo en las escaleras del Palais de Tokyo, escenario recurrente de sus presentaciones performáticas –llamarlas simplemente “desfiles” no les haría justicia cuando nunca faltan fuego, finales multitudinarios y/o una máquina de humo–, Rick Owens ha combado la idea convencional del vestir hasta cuestionar los lindes entre la moda y el arte. El tipo de arte que es gestual, bizarro, radical, epopéyico, temerario, honesto, y obliga pensar.

Cambiando pinceles por tijeras, el suyo es un manifesto hecho con hombreras pagoda que redibujan la silueta, capas postapocalípticas, plataformas esculturales, negro, blanco y una tonalidad particular de gris a la que le ha puesto el nombre de “polvo”, patrones distópicos, referencias góticas, y vestidos con drapeados, volúmenes y cortes al bies tan magistralmente urdidos que colgados de una percha no dicen nada pero sobre un cuerpo cobran vida propia. Hasta en los castings, que poco tiene que ver con lo que desfila por el resto de las pasarelas, ha encontrado una forma de declinar su universo. Pero la declaración de intenciones más flagrante y consumada de su prerrogativa es él mismo: el pelo, la ropa, los tatuajes, su casa, las fotos con Michele Lamy, la escultura de Anselm Kiefer y la acuarela de una vagina de Carol Rama en el del comedor… hasta su gato, Pixie, un esfinge al que se refiere como su pequeña gárgola.
Todo lo que hace y es, nace de su reacción contra el prejuicio. “Lo que siempre he querido es proponer una alternativa, un mundo en el que haya otros valores que no tengan tanto que ver con promover los clichés, la envidia y los símbolos de estatus. Ese ha sido siempre mi mayor ansia, liberar a la gente de la sensación de que tienen que amoldarse a ciertos estándares”, dice el diseñador, al que The New York Times llama “Santo patrón de los friquis” y Dazed, “sumo sacerdote del avant-garde”. Tanta religión viene a cuento. Porque hay algo de mesiánico en su mensaje, ha conseguido crear algo parecido a un culto y, además, predica con el ejemplo –que, estos días, ya es decir–.
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