
El pasado 26 de febrero de 2026, en el Depósito de la Fondazione Prada en Milán, Prada presentó su colección Otoño/ Invierno 2026 de womenswear. Bajo la dirección creativa de Miuccia Prada y Raf Simons, la firma volvió a plantear una pregunta que atraviesa su historia reciente, ¿que significa vestirse hoy?


La colección parte de una idea clara, abrazar la pluralidad. No como tendencia, sino como reflejo honesto de la experiencia femenina contemporánea. Prada propone la superposición de prendas, de tiempos, de identidades, como metáfora de las múltiples capas que conforman la vida diaria. La ropa no se entiende aquí como un conjunto cerrado, sino como un proceso en transformación constante a lo largo del día.

El gesto más evidente es el layering. Sin embargo, no se trata de una acumulación arbitraria. La Sastrería precisa convive con prendas deportivas, vestidos de satén bordado aparecen bajo piezas minimalistas, y las combinaciones rompen jerarquías tradicionales entre lo formal y lo casual. Esta mezcla no busca el contraste fácil; habla de cómo realmente se construyen los looks en la vida real, por adición, por intuición, por memoria.

Uno de los puntos centrales del desfile fue la presencia de un casting definido de quince mujeres. Cada una encarnaba distintas formas de habitar las prendas, subrayando la idea de agencia y autodeterminación. Prada insiste en que la ropa cobra sentido en quien la lleva, y que su lectura nunca es única. En ese sentido, la aparente simplificación de las siluetas, líneas rectas, cortes limpios, proporciones controladas, funciona como soporte para expresar complejidad interna.

También hay un diálogo claro con el archivo. Vestidos que evocan memorias, materiales con efecto desgastado, bordados que parecen haber atravesado el tiempo. Las prendas sugieren que han sido vividas. La pátina, los tejidos ligeramente desvaídos y las superposiciones que dejan ver capas inferiores construyen una narrativa sobre el paso del tiempo. No es nostalgia, sino continuidad, el pasado integrado en el presente.




El espacio del desfile refuerza este discurso. El Depósito se pobló de obras originales y piezas históricas, tapices y pinturas de los siglos XVI y XVII, espejos venecianos del XVIII, muebles y lámparas, así como pinturas del siglo XX, creando un entorno donde distintas épocas conviven sin orden jerárquico. La escenografía no fue un simple decorado, sino una extensión conceptual de la colección, objetos con historia dialogando con ropa que también la contiene.

Entre los invitados se encontraban figuras del cine, el arte y la música como Carey Mulligan, Maude Apatow, Karina, Nina Kraviz o Leticia Wright, subrayando la conexión constante de Prada con la cultura contemporánea. La casa milanesa, fundada en 1913 y convertida hoy en uno de los referentes intelectuales de la moda global, reafirma así su capacidad para generar conversación más allá de la pasarela.



En un contexto donde la moda a menudo se acelera y simplifica, Prada propone detenerse y observar. La colección Otoño/ Invierno 2026 no ofrece respuestas cerradas, sino un marco desde el cual pensar la identidad como algo cambiante y múltiple. Vestirse, parece decirnos, es un acto cotidiano que contiene historia, memoria y posibilidad. Y en esa superposición de capas, visibles e invisibles, reside su verdadera fuerza.


