Pablo Genovés: postales del mundo después del mundo

El artista inaugura en la galería Fernández-Braso la exposición titulada Reforzar los diques, compuesta por una treintena de fotografías que traen instantáneas de un posmundo en el que una naturaleza fuera de control arrasa con la belleza que una vez los humanos fueron capaces de crear.

Hablamos de catástrofes según llegan: danas aquí, incendios y huracanes allí… Devastación por todos lados. Nos centramos en la inmediatez de los datos, en las imágenes impactantes que llegan, que se van… Hasta otro pequeño fin del mundo. Es como si las ramas no permitieran ver el bosque y como si las catástrofes no dejaran atisbar, ni siquiera hablar, del gran colapso.

 

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Pablo Genovés (Madrid, 1959) es el primer hombre de un mundo arrasado. Es el superviviente, el que abre los ojos y pinta los restos del gran naufragio. Es el recién llegado que toma su cámara para retratar la vida tras el nuevo año cero: allí es donde se fraguan imágenes de ese desolador futuro posible. Tormenta solar, Ángeles caídos, Cambios planetarios, El eterno día, Un jour de tempête (Un día de tormenta)… Por si los títulos no fueran lo suficientemente explícitos, lo son las imágenes: ricos interiores de palacios, suntuosos grandes teatros anegados por un mar indomeñable o a punto de ser engullidos por escombros, galerías tomadas por una naturaleza salvaje, bibliotecas destruidas, cuadros ahogados o ahogándose. En realidad es la parte por el todo, porque no son las creaciones, sino la civilización humana por entero la que perece con toda la belleza que un día, quienes la habitaron a través de los siglos, fueron capaces de crear.

Un artista adelantado a su tiempo

“Las composiciones fotográficas de Pablo Genovés que se muestran en esa exposición me producen una sensación parecida a la de los cubistas adelantados de su tiempo, solo que en un ámbito muy diferente. Las imágenes que ha creado reflejan si no un mundo futuro seguro, sí uno posible o, peor aún, probable. El mundo en el que el agua reclamará dominar la superficie terrestre. Como si se tratase del mítico ‘Diluvio universal’, solo que este no se debería a ningún Dios imaginado, sino a nosotros, los humanos, torpes aprendices de dioses”. Quien escribe esas líneas es José Manuel Sánchez Ron, catedrático de Historia de la Ciencia y miembro de la Real Academia Española. Suyo es el texto del catálogo que acompaña la muestra en una alianza, menos habitual de lo que debería, entre artes y ciencias. Es una mirada, por tanto, experta quien afirma, a la vista de las postales del fin del mundo que retrata Genovés: “Contemplarlas es como realizar un viaje en el tiempo, no al pasado, sino al futuro, a un futuro posible. Un viaje en el que se harían realidad los peores augurios que el tiempo venidero podría reservar no tanto a nuestro planeta, la Tierra, que sin duda resistirá —ya lo ha hecho innumerables veces a lo largo de sus 4.500 millones de años de existencia—, sino a formas de vida como la nuestra”.

Juicio y sentencia

Das Gericht (El Juicio, en alemán) se titula una de las imágenes de 2010 en la que tres esculturas van a ser engullidas por una masa cuya superficie la componen principalmente fragmentos de hielo o cristal…  Y no es la única cuyo título hace referencia a este tema. Hay otra llamada Juicio final que muestra el interior de un maravilloso palacio a merced de aguas embravecidas. Es el particular juicio al ser humano y a su proceder sobre la Tierra lo que se dirime en esas imágenes. La sentencia ya se conoce: culpable de no cuidar, de no atender la casa común sobre las que supo edificar y crear belleza. El castigo es que toda obra humana sea borrada de allí, que no quede nada, ni nadie.

 

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Unas palabras sobre la técnica

Dice Sánchez Ron en su presentación que “como si fuera una alegoría que ofrece reunir el pasado con el presente para vislumbrar el futuro, la obra de Pablo Genovés superpone a postales antiguas, con imágenes de un exclusivo mundo cultural, fotografías tomadas de fenómenos naturales, los marinos en su mayor parte. Superposiciones producto de sutiles, apenas perceptibles, técnicas digitales. Podríamos decir que se trata de collages 2.0”. Además de por ellos, prosigue el científico, “la obra de Genovés da nueva vida a la fotografía. Lo hace dando movimiento a lo estático, el territorio más común de la fotografía. Al igual que en la icónica fotografía de Robert Capa, Muerte de un miliciano (septiembre de 1936), las composiciones de Pablo Genovés nos hacen sentir como si las olas que aparecen en ellas estuvieran realmente en movimiento, como si las estatuas o bibliotecas se hundieran ante nuestros ojos, y no pudiéramos hacer nada por evitarlo”.

Impedir que el mundo se deshaga

Eso convierte una visita a la galería Fernández-Braso en una experiencia. Esa sensación de vértigo, ese leve mareo puede actuar quizá como revulsivo, al menos personal, ya que no parece posible contar con las medidas drásticas, urgentes necesarias que entran en el territorio de la política. Quizá, a la vista de las obras de Genovés, resuenen con fuerza e inusitada actualidad las palabras que pronunció Albert Camús cuando recibió el Premio Novel de Literatura en 1957: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”.

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Fotografías cortesía de la galería Fernández - Brasso
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