
Sean McGirr llegó a Alexander McQueen hace poco más de dos años con una maison tan difícil como inevitable: encontrar su propio lenguaje dentro de una casa que lleva el nombre de uno de los diseñadores más irrepetibles de la historia. Con esta quinta colección, presentada el domingo por la noche para cerrar el séptimo día de la Semana de la moda en París, pero algo ha cambiado, McGirr ya no parece que esté buscando su sitio, sino que ya parece haber encontrado.

El punto de partida Otoño-Invierno 2026 es tan contemporáneo como inquietante. ”Siempre estamos activos, siempre mirando, consumidos, actuando y siendo observados” escribió el diseñador en las notas del show. Ese tensión entre lo que mostramos y lo que somos, entre la actuación y la paranoia, entre lo interior y el exterior, es el hilo conductor de toda la colección. En un mundo en el que las redes sociales han convertido la vida en una performance constante, McQueen propone exactamente lo contrario. rasgar el barniz y dejar que aflore algo más visceral y humano.
El escenario elegido para el desfile no era neutro: un laberinto espiral de corredores con cortinas, un ambiente claustrofóbico y doméstico que evoca el malestar silencioso de lo cotidiano. La elección fue deliberada. McGirr quería explorar la fachada de la domesticidad perfecta y lo que esconde detrás de ella.

La colección se desplegó como una exploración de lo que existe bajo la superficie, examinando la tensión psicológica entre el mundo interior y exterior, entre la actuación y la paranoia, y el individualismo sometido a una mirada constante. En ese marco, los rituales del hogar se transformaron en algo perturbador y bello a la vez.

Las chaquetas de cama se convirtieron en ropa de noche. Los estampados de papel pintado floral y el encaje, normalmente confinados al dormitorio, salieron a la calle. Los bombers acolchados con rosas en tonos fríos, casi hitchcockian, funcionaban como una metáfora perfecta de ese desplazamiento entre lo íntimo y lo público. Las flores bordadas a mano emergen de siluetas con espíritus de los años sesenta, nacaradas y afiliadas hasta un punto casi amenazante.
McGirr abrió el show con unos soberbios vestidos-abrigos de aire eduardiano, con cuellos de estilo gótico muy propios de la casa, rematados con encajes y detalles en blanco. Mas adelante, aparecio una pequeña chaqueta de cuero negro con minifalda que detuvo la respiracion de la sala, seguida de smoking masculinos sobre faldas bumster rigidas y lunas de tweed con espiguilla y pantalones contos.
El encaje merece una mención aparte. En la colección no es un adorno superficial, sino algo atrapado entre capas de organza casi ingrávida, invisible hasta que la luz lo revela. Los vestidos enmarcados con bordados de plumas invocan la libertad a través de una técnica extraordinaria que mezcla bullion, punto de saten y organza. Es la firma de la casa llevada a otro nivel.

En cuanto al tejido, la colección apostó por materiales clásicos tratados de forma inesperada: gabardinas de cuero tornasolado, trajes de mikado de seda cortado en diagonal, jacquards florales aplastados. La sastrería, enraizada en la herencia de Savile Row siempre ha definido a McQueen, apareció en su forma más depurada.
La colección cerró con un momento nupcial de gran impacto: un tocado exagerado combinado con un vestido de color alta-baja, coronado con flores en plena eclosión que barría la pasarela, una nota final teatral que reafirmó la llama perenne de McQueen.

El elenco completo se reunió en el círculo interior del laberinto, entre cortinas de chifón rosa que se alzaron lentamente. Un desenlace que resumen bien lo que había sido el show.
Aunque concisa en duración, la propuesta de Otoño invierno 2026 afilo la visión que McGirr lleva desarrollando desde su llegada a la casa y demostró que está trazando con firmeza su propio lugar dentro del legado McQueen. No es el McQueen de las grandes provocaciones conceptuales de antaño, pero tampoco intenta serlo. Es algo diferente, algo mas contenido, mas intimo y quizás más perturbador.


