
Hay debuts que intentan borrarlo todo y empezar desde cero. Y hay debuts como el de Meryll Rogge en Marni, donde la diseñadora belga entró a la casa italiana con algo mucho más difícil de lograr: la humildad de escuchar primero y hablar después. Su primera colección para la firma, presentada en la Semana de la Moda de Milán durante el pasado febrero de 2026, no fue un manifiesto de ruptura ni un ejercicio de ego creativo. Fue, en cambio, una conversación profunda con el archivo, con la memoria de la marca y con aquello que hizo de Marni uno de los lenguajes visuales más singulares del lujo contemporáneo.
El resultado fue una colección para mujer y hombre que funcionó, al mismo tiempo, como homenaje y como punto de partida. Una rara combinación que pocas veces sale bien, y que aquí sale extraordinariamente bien.
Para entender la colección hay que entender a Rogge. Graduada en la Real Academia de Bellas Artes de Amberes en 2008, la diseñadora forjó su mirada trabajando junto a Marc Jacobs y dirigiendo el diseño femenino en Dries Van Noten, antes de lanzar su propia firma en 2020. Ganadora del Grand Prix del ANDAM en 2025, Rogge llega a Marni como una de las pocas mujeres que lidera una gran casa de moda que no fundó ella misma, en un sector donde esa silla sigue siendo territorio casi exclusivamente masculino.


Su nombramiento para suceder a Francesco Risso no fue una sorpresa para quienes la conocían, pero sí una apuesta arriesgada para el grupo OTB, dueño de Marni desde 2015 y también de casas como Diesel, Maison Margiela o Jil Sander. El riesgo, de momento, ha dado sus frutos.
La nota de la colección comienza con una frase que lo dice todo: «Ecos de lo conocido y familiar.» Rogge no llegó a Marni con una agenda propia que imponer; llegó con horas de estudio del archivo y con una convicción clara de que la identidad de esta casa merece ser preservada, no desmantelada.
Su punto de referencia fue directo: Consuelo Castiglioni, la diseñadora que fundó Marni en 1994 junto a su marido Gianni y que hasta su salida en 2016 construyó un universo visual tan reconocible como difícil de imitar. Esa Marni de los noventa fue la brújula de Rogge para encontrar el norte de su debut.

Pero, y esto es importante, Rogge no se limitó a copiar. Lo que hizo fue algo más sutil: reencuadrar esos códigos con una sensibilidad contemporánea, editarlos con precisión sin privarlos de su carácter. El conjunto no tiene nostalgia. Tiene memoria, que es muy distinto.
Antes de que saliese el primer look, el espacio del desfile ya hablaba. Rogge alfombró todo el venue con estera de sisal, ese material humilde y doméstico que en cualquier hogar señala la entrada, el umbral, el lugar de bienvenida. No fue un detalle casual: era una declaración de intenciones. Esta colección quería que el público se sintiese en casa. Y lo consiguió.
El set fue diseñado por Formafantasma, estudio de diseño milanés con un lenguaje propio cercano al objeto artesanal y a los materiales en su estado más honesto. La elección de los colaboradores habló de un proyecto pensado en su totalidad, no solo en las prendas.

El desfile abrió con un abrigo de pelo a la altura de la rodilla, clásico en su estructura pero inequívocamente Marni en su textura y actitud. Debajo, una falda de lentejuelas maxi y un top con cortes. Desde el primer look quedó claro el tono: la colección iba a jugar con contrastes, con capas que no tendrían que tener sentido juntas y que, sin embargo, lo tenían perfectamente.
Lo que siguió fue una exploración amplia y generosa de lo que Marni ha sido y puede seguir siendo. Las siluetas de los noventa regresaron en abrigos de líneas rectas y blazers boxy de tres botones, pero sin esa sensación de disfraz vintage que suele aparecer cuando la moda mira demasiado al pasado. Las rayas horizontales y verticales en punto, los estampados florales, los lunares, el print de leopardo y el animal print en distintos formatos convivieron con materiales más inesperados: tejidos técnicos, nylon, satén grueso y lana de peso.
Los lunares de la casa se reinterpretaron aquí en forma de lentejuelas de gran tamaño y en discos de nácar que tintineaban al caminar, como campanillas de viento. Era Marni tal y como debería haber sido siempre, con la sensación de que esa pieza en concreto tenía que haber existido hace décadas y nadie la había hecho todavía.

Las costuras vistas, ampliadas hasta convertirse en un elemento decorativo en sí mismas, funcionaron como firma silenciosa a lo largo de la colección. La artesanía no estaba escondida sino expuesta: bordados, paillettes de nácar, seams revertidas. Rogge rindió tributo a la mano humana en la confección de la moda, a ese trabajo que transforma los materiales en piezas con carácter propio.
Para los hombres, la propuesta fue coherente y sin concesiones. Los blazers boxy de tres botones en tejidos con textura, los jerseys de punto grueso bajo los que asomaban corbatas, las camisas de cuadros tartan con cuellos de bordado inglés y los vestidos de nylon con cremallera demostraron que Rogge entiende la ropa de hombre desde la misma filosofía: la ropa no viste un género, viste un cuerpo. Esa declaración implícita fue uno de los gestos más claros de la colección.
Entre las piezas más llamativas, el cuero tuvo protagonismo: una chaqueta biker con cierre asimétrico fue descrita por algunos medios como la pieza más sensual de la colección. Los abrigos de patchwork de piel y los pantalones en cuero con bordados de inspiración alpina añadieron una capa de referencia geográfica que resultó tanto específica como universal.
Los shorts balloon en miniatura, las camisetas con lunares de colores y los vestidos en telas impermeables reequilibraron la colección hacia algo más fresco y llevable sin que la propuesta perdiese su densidad conceptual.

Dos iconos de la casa regresaron rediseñados: la sandalia Fussbett y el bolso Trunk. No como simples reediciones, sino como piezas reingeniadas desde dentro, con los detalles y proporciones actualizados pero con el carácter intacto. La sandalia Fussbett apareció esta vez con tacón, lo que la situó en una conversación entre el calzado funcional y el de vestir que es completamente Marni. Los bolsos east-west en cuero de silueta minimalista funcionaron como contraste a la efervescencia de las prendas.
El calzado también tuvo su momento: las botas en piel de potro con print de poni y los zapatos con reminiscencias western añadieron ese punto de extravagancia calculada que hace que los accesorios de Marni sean siempre algo más que complementos. Los cinturones de ojales metálicos en cuero negro y las joyas de metal grueso, a medio camino entre lo pastoril y lo artístico, completaron looks que necesitaban ese último punto de carácter.
Hablar de Marni sin hablar del color es imposible. Rogge lo sabe y no lo evitó. La paleta de la colección OI 2026 fue amplia, casi enciclopédica: tonos brillantes convivieron con pasteles delicados, el color natural del cuero apareció junto a combinaciones cromáticas que en papel podrían parecer imposibles y que sobre los modelos resultaban evidentes. No hubo un color protagonista porque en Marni el color es siempre un coro, nunca un solista.

Esa irreductibilidad cromática fue una de las señales más claras de que Rogge no tiene intención de domesticar a Marni. Al contrario: quiere recordarle al mundo por qué esta casa fue siempre una propuesta diferente.
La crítica recibió la colección con entusiasmo y también con cierta prudencia razonable. Es un debut, y los debuts son promesas antes que logros definitivos. Pero la calidad del intento fue unánimemente reconocida. Los editores posicionaron el desfile entre los highlights de la Semana de la Moda de Milán, los compradores respondieron bien a la usabilidad de las propuestas, y los fans históricos de la casa encontraron suficientes elementos conocidos para sentirse en casa sin que la colección les resultase demasiado familiar.
Lo que Rogge consiguió fue dar a una colección de debut la sensación de que lleva tiempo siendo exactamente lo que es. No hubo ansiedad en las prendas, no hubo el nerviosismo del que intenta demostrar demasiado. Hubo, en cambio, convicción tranquila. La convicción de alguien que llegó a Marni con algo que decir y encontró la manera de decirlo sin gritar.
Marni OI 2026 no es una revolución. Es algo más interesante: es una recalibración. Una forma de recordar qué significa esta marca, qué tenía de especial y por qué merece seguir existiendo de manera tan singular en un panorama de moda donde la homogeneización avanza constantemente.


