En la recién inaugurada Fundació NUMA Espais de Cultura, en Ciutadella, el arte y la naturaleza se entrelazan con fuerza en la nueva exposición del reconocido artista japonés Hiroshi Kitamura, una muestra que despierta los sentidos y redefine el acto creativo. Con 32 obras impactantes, entre esculturas monumentales y tintas delicadas, Kitamura nos sumerge en un universo de transformación, impermanencia y escucha profunda, donde la materia cobra vida y el vacío se convierte en posibilidad. Esta experiencia sensorial, auténtica y conmovedora, conecta tradición japonesa y paisaje mediterráneo, provocando una reflexión poderosa sobre el tiempo, la memoria y la esencia de lo natural.
Desde el pasado 8 de mayo, las salas de este espacio cultural albergan una colección que va más allá de lo estético. Son obras que nacen del silencio, del contacto íntimo con el entorno, de una mirada que no impone, sino que acompaña. Las esculturas, creadas a partir de maderas encontradas o recogidas de encina, roble, olivo, cerezo, entre muchas otras se elevan en algunos casos hasta los tres metros de altura, manteniendo siempre un equilibrio entre lo salvaje y lo trabajado. Pertenecen a la serie titulada “Secretos de bosque” y no buscan representar nada concreto, sino despertar en quien las contempla una percepción distinta del material, de su origen y de su historia.
Estas piezas no surgen de un diseño previo, sino de un proceso donde lo espontáneo tiene un papel clave. Kitamura no elige los materiales de forma caprichosa, los deja aparecer, los deja hablar. A través de la observación paciente y el respeto por las formas naturales, cada escultura se convierte en un encuentro entre lo que la madera ofrece y la intervención mínima del artista. Es un trabajo artesanal en el sentido más profundo, donde el creador no domina, sino que colabora con el material, buscando un equilibrio entre intención y respeto.
Además de las esculturas, el público puede contemplar una serie de tintas de gran formato, realizadas sobre papel utilizando técnicas tradicionales de su país de origen. Estas piezas, que alcanzan los tres metros de ancho, combinan elementos como tinta china, nácar o nogalina, ensamblados mediante un método ancestral japonés que conserva y realza la fragilidad del soporte. A diferencia de la contundencia de la madera, estas obras proponen una experiencia más fluida, más próxima al gesto y al instante.
La tinta no describe, sugiere. Se desliza, se expande, se detiene.Y en ese movimiento leve, el espectador es invitado a entrar en un espacio de contemplación.
El proceso creativo de Kitamura está guiado por tres fases esenciales: el hallazgo, la limpieza y el ensamblaje. En la primera, el artista camina, observa y permite que la materia lo sorprenda. Luego, limpia la superficie, quitando la corteza, revelando las huellas del tiempo. Finalmente, sin forzar un resultado, encaja los fragmentos, respetando la forma y la memoria de cada pieza. Su intervención es mínima, pero esencial. Más que un autor, se considera un mediador entre lo natural y lo humano.
La filosofía que sostiene su obra tiene raíces profundas en la tradición japonesa, pero no se encierra en ella. El vacío, entendido no como carencia, sino como espacio fértil, atraviesa tanto sus esculturas como sus tintas. La eliminación de lo innecesario permite que lo esencial surja con claridad. Para él, el arte no debe imponer un mensaje cerrado, sino abrir un espacio de interpretación, donde quien observa complete la obra con su propia experiencia.
La muestra no solo se contempla, también se acompaña de propuestas que invitan a profundizar en sus contenidos. Se ha editado una publicación que recoge reflexiones de artistas, pensadores y personas del entorno cercano al artista, ofreciendo múltiples miradas sobre su trabajo. Además, se han organizado talleres, visitas educativas y otras actividades que permiten una aproximación activa a su universo creativo.
Kitamura, que reside desde hace años en el Empordà, ha desarrollado una trayectoria coherente y silenciosa, al margen de modas y grandes circuitos comerciales. Su relación con la madera comenzó en la infancia, cuando recogía fragmentos para jugar, y se consolidó durante su formación en bellas artes y su contacto con el grabado xilográfico. Su llegada a Cataluña a finales de los años ochenta marcó un cambio significativo, ampliando su visión y permitiéndole integrar nuevas influencias sin perder su esencia.
A lo largo de las décadas, ha expuesto en diversos espacios de la geografía española, siempre manteniendo una mirada honesta y una conexión profunda con los materiales. En cada una de sus muestras, el objetivo no ha sido nunca deslumbrar, sino acompañar. Su arte no pretende durar eternamente, sino formar parte del ciclo de lo vivo, asumir el paso del tiempo, honrar lo que la naturaleza ofrece y devolverlo al mundo con otra forma, con otra voz.
Así, quien se acerque a esta exposición encontrará más que una serie de piezas: se enfrentará a una experiencia. A una forma de estar en el mundo que invita a la pausa, a la observación sin juicio, al respeto por lo que existe antes de que lleguemos. Es un viaje interior que comienza en la materia, pero que termina, inevitablemente, en uno mismo.


