GIOVANNI SEGANTINI – QUIERO VER MIS MONTAÑAS

El museo Marmottan Monet presenta la primera gran retrospectiva de Giovanni Segantini en Francia, un artista que murió a los 41 años pintando a 2.700 metros de altura y que, más de un siglo después, por fin llega a París.

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Giovanni Segantini, Midi dans les Alpes (détail), 1891. Huile sur toile, 78 x 71,5 cm. Museo Segantini, Saint-Moritz, depósito de la Fundación Otto Fischbacher Giovanni Segantini © Stephan Schenk, Museo Segantini

Giovanni Segantini nació en 1858 en Arco, una pequeña ciudad del Trentino que entonces formaba parte del Imperio austrohúngaro y murió en 1899 en la ladera de una montaña suiza, con el pincel en la mano y una peritonitis aguda que ningún médico podría atender a 2.700 metros de altitud. Entre ambos extremos, una existencia marcada por la pobreza extrema, el reformatorio, la apatridia y una entrega total de pintura que lo convirtiera en una de las figuras más singulares del simbolismo y el divisionismo europeos. Todo eso llega ahora al Musee Marmottan Monet de París, que acogerá del 29 de abril al 16 de agosto de 2026 la primera gran exposición individual consagrada a su obra en Francia.

La exposición, titulada Quiero ver mis montañas, esta comisariada por Gabriella Belli, historiadora del arte y Diana Segantini, curadora independiente y especialista en la obra del artista. La exposición reúne mas de sesenta obras procedentes de las colecciones mas importantes de Italia, Suiza, Bélgica, Alemania, los Países Bajos y el Reino Unido, además de algunos museos japoneses. Que conseguir todos estos prestamos haya sido considerablemente difícil, dado a lo frágil de las telas de Segantini, da una idea de la envergadura del proyecto.

Para entender a Segantini hay que conocer su infancia. A la muerte de su madre fue enviado a Milán, donde pasó por el reformatorio Marchiondi antes de que su hermano lo tomara a su cargo. De ahí a los cursos nocturnos de la Academia de Bellas Artes de Brera, donde aprendió lo suficiente como para ganarse la atención de Vittore Grubicy, un galerista y marchante que se convertiría en su mayor impulsor durante años. Fue Grubicy quien lo animó a acercarse al divisionismo, esa técnica que consiste en yuxtaponer en el lienzo toques y líneas de color puro, sin mezclarlos, de modo que el ojo del espectador realice la fusión óptica.

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Giovanni Segantini, Retrato de Leopoldina Grubicy, c. 1881. Huile sobre tela, 42 x 35 cm. Stiftung für Kunst, Kultur und Geschichte, Winterhur © SKKG 2020

En 1886, con 28 años cruzó la frontera y se instaló en Savognin, un pequeño pueblo del cantón suizo de los Grisones. En Italia no podía obtener la nacionalidad porque la austriaca le había sido revocada y así vivió el resto de su vida. En Suiza, encontró el paisaje que estaba buscando sin saberlo. Las escenas rurales, los rebaños, las campesinas con sus delantales y sus gestos pausados al filo del atardecer, la luz que cambia de carácter cuando sube la altitud. Las obras de esos años muestran una capacidad excepcional para capturar algo que es muy difícil de pintar: la densidad específica del aire de la montaña.

En 1894 dio un paso más y se trasladó a Maloja, en el valle de la Engadina, donde llevó una vida cada vez más solitaria y volcada en la búsqueda de algo que trascendía la representación realista. Para entonces su pintura su pintura había asumido plenamente el simbolismo: los paisajes ya no eran simplemente paisajes, sino escenarios donde lo humano y lo divino se encontraban, donde la naturaleza actuaba como lenguaje espiritual. La crítica francesa ya lo seguía de cerca. La primera monografía dedicada a él, supervisada por William Ritter, se publicó en Paris en 1898 en la Gazette des Beaux-Arts. Estaban fascinados por ese genio solitario que vivía aislado en los Alpes como ermitaño con pincel.

Segantini soñaba con exponer en la Exposición Universal de París de 1900. El proyecto que concibió era de una ambición extraordinaria: un pabellón circular de 70 metros de diámetro con un panorama completo del valle de la Engadina pintado en sus paredes interiores. Los costes lo hicieron inviable y los hoteleros de la región rechazaron la propuesta porque la imagen que transmitían sus lienzos no era la que ellos querían vender al  turismo. Así que Segantini Recondujo todo ese impulso hacia un tríptico monumental: La vida, La naturaleza, La muerte, las Trittico delle Alpi, que hoy se conservan en el Museo Segantini de St. Moritz.

En septiembre de 1899 con el panel central del tríptico aun sin terminar, subió solo al monte Schafberg para estudiar el paisaje de cerca y completar las telas. Fue aquí donde le sobrevino la peritonitis aguda. imposible bajar a tiempo para recibir ayuda médica. Murió el 28 de septiembre, a los 41 años. Según uno de sus biógrafos, Raffaele Calzini sus últimas palabras fueron “Quiero ver mis montañas”. Son estas las palabras que dan nombre a la exposición del Marmottan y no es difícil entender porqué: ya que concentran todo lo que fue este hombre, su relación visceral con la naturaleza, su necesidad de verla, de pintarla , de estar dentro de ella hasta el último momento.

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Giovanni Segantini, Oie blanche , 1886. Huile sur toile, 114 x 81,5 cm. Kunsthaus, Zürich, donación Genossenschaft Baugarten, 1994 © Kunsthaus, Zürich

La exposición está concebida como un recorrido en ascenso. Sus diez secciones siguen el itinerario geográfico y espiritual de Segantini desde Milán hasta el Schafberg, pasando por Pusiano, Savognin, Soglio y Maloja, Cada etapa corresponde a una transformación en su obra, a un aumento de altitud tanto literal como simbólico. El visitante no va simplemente de una sala a otra, va subiendo, siguiendo al pintor en ese camino de iniciación hacia la naturaleza que fue la esencia de su vida. 

Las obras en los primeros años, de la década de 1880, muestra un pintor que todavía mira al realismo pero que tiene una sensibilidad extraordinaria para la luz. Las escenas del establo, los retratos de campesinas, los paisajes de la Lombardía con sus cielos anchos y sus tierras llanas, tienen ya esa vibración material que lo distingue. La técnica divisionista se va afirmando progresivamente hasta que en las obras de las últimas etapas, las pintadas en Engadina a partir de 1894, la montaña ha dejado de ser fondo para convertirse en protagonista absoluto.

Lo que distingue a Segantini del resto de sus contemporáneos no es solo la técnica, sino lo que hace con ella. Segantini buscaba algo más cercano a lo trascendente: capturar el dinamismo que percibía en cada roca, cada extensión de pasto, cada cumbre nevada. Le influye la teoría del animismo natural formulada por el antropólogo Edward Burnett Tylor, la idea de que la naturaleza está habitada por fuerzas espirituales.

La exposición no se cierra sobre sí misma. Al final del recorrido, como un epílogo inesperado y poderoso, el museo presenta cuatro obras de Anselm Kiefer en las que el artista alemán rinde homenaje explícito a Segantini. Es un gesto que dice mucho: Kiefer, una de las grandes figuras del arte contemporáneo, también trabaja con el paisaje como espacio de memoria, de duelo, de trascendencia. La manera en la que Segantini entiende la montaña encuentra un eco directo en la forma en que Kiefer trabaja el paisaje. 

El salto cronológico de más de un siglo entre ambos no hace sino confirmar la vigencia de la visión de Segantini. sus palabras proféticas, que las comisarías citan en el catálogo, lo anticiparon: “Somos el último resplandor del crepúsculo y después de una larga noche, seremos el alba del futuro”. No hay muchos artistas del siglo XIX que hablen así de su propio legado.

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