Una cueva del desierto occidental de Marruecos, cerca de Essaouira. Un refugio en la inmensidad del norte de África. Un conjunto de 30 cuentas de conchas perforadas, que datan de hace unos 145.000 años, yacen bajo la tierra. Son las joyas más antiguas del mundo, un testimonio de cómo, ya en la temprana Edad de Piedra, alguien observó la belleza de unas conchas de caracol marino, las pintó de rojo y las colgó en su cuello. Las piezas creadas por Gerda Goosen, entre la escultura y la joyería, mantienen ese mismo amor por la naturaleza que proviene de la imaginación y de la fascinación por conectar con lo que nos rodea.
Por Íñigo de Amescua

A la sudafricana Gerda Goosen le encanta la sencillez como forma de expresión y modo de vida y la encuentra tanto en los diseños contemporáneos como en los objetos culturales tradicionales africanos. En sus palabras: “Las creaciones más actuales, con sus líneas sencillas y su minimalismo, transmiten una sensación de orden y tranquilidad. Por otro lado, los objetos tradicionales de las culturas africanas me fascinan por su autenticidad, por su profundidad conceptual su y por su riqueza simbólica”. La combinación de ambos estilos, separados por el tiempo y el espacio, le permite explorar, con una gran amplitud de ideas y perspectivas, dos tradiciones que se complementan y se enriquecen cuando se conectan con respeto e intuición.
La inspiración de Goosen proviene de una gran variedad de fuentes, como muebles, arquitectura, objetos, pinturas, joyas, etc. Cada uno de estos elementos aporta una historia y un enfoque únicos a su creatividad. “Los muebles actuales, por ejemplo, pueden ser funcionales y artísticos a la vez, mientras que las joyas tradicionales africanas suelen transmitir una fuerte conexión con la identidad cultural y la espiritualidad. La arquitectura y las pinturas, por su parte, ofrecen infinitas posibilidades de expresión y reinterpretación, lo que me permite fusionar la tradición con la innovación en cada proyecto”.


Su joyería vibra con colores orgánicos, naturales y tradicionales, como el negro, el ébano y el marfil, que durante siglos han representado elegancia, sobriedad y conexión con lo ancestral. Para ella estos colores tienen una profundidad simbólica que trasciende lo visual, evocando historias y culturas donde los materiales naturales eran esenciales tanto en lo utilitario como en lo artístico. “Mi objetivo – afirma – es honrar esa tradición, reinterpretándola desde una perspectiva contemporánea que respete al medio ambiente y se alinee con valores éticos”.
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