El sueño de una noche de verano regresa al Teatro Real veinte años después

Nueva producción de la ópera de Benjamin Britten con dirección escénica de Deborah Warner e Ivor Bolton en el foso. Seis funciones del 10 al 22 de marzo.

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©Teatro Real ©Javier del Real

El sueño de una noche de verano de Benjamin Britten, que regresa al escenario del Teatro Real de Madrid exactamente veinte años después de su estreno en el coliseo, el 11 de enero de 2006. Entre el 10 y el 22 de marzo, seis funciones de una nueva producción propia tienen la oportunidad de convertirse en un hito de la presente temporada 2025/26. Todo apunta a que esa oportunidad no se va a desperdiciar.

La historia de cómo Britten compuso esta ópera tiene algo de milagro concentrado. En agosto de 1959 recibió el encargo de inaugurar el renovado Jubilee Hall de Aldeburgh, el pequeño teatro que él mismo y su pareja, el tenor Peter Pears, habían convertido en el corazón de su Festival desde 1948. El plazo era exiguo así que decidió no buscar libretista: lo escribiría él mismo con la ayuda de Pears, a partir de la comedia homónima de Shakespeare. En siete meses, la partitura estaba terminada.

Lo que hicieron los dos fue, ante todo, una cirugía de precisión sobre el original. Trabajando con dos ejemplares de bolsillo de la edición, suprimieron prácticamente la mitad del texto, reubicaron frases y reasignaron parlamentos entre personajes. La decisión más significativa fue eliminar la primera escena del primer acto, la que transcurre en la corte ateniense de Teseo, y comenzar la ópera directamente en el bosque encantado. Britten quería dejar claro desde el primer compás desde qué lado del mundo iba a contarse la historia: el del sueño, el del inconsciente, el de las reglas que no existen.

Solo añadieron una frase de su propia cosecha  para que el espectador entendiera la imposición del padre de Hermia sin necesidad de la escena eliminada. Todo lo demás es Shakespeare. Eso, en boca de Britten, es ya toda una declaración de intenciones sobre el respeto con el que abordó el material.

Una de las marcas distintivas de El sueño de Britten es su arquitectura sonora en capas. La ópera alberga tres mundos  que conviven en el bosque nocturno y que el compositor caracterizó con paletas orquestales radicalmente distintas. Para el reino feérico utilizó timbres etéreos, glissandi, armonías suspendidas y una sonoridad casi irreal que nunca sonaba igual a nada anterior en su catálogo. Para las parejas de amantes reservó líneas líricas de gran intensidad, con desajustes melódicos y armónicos que reflejan la inestabilidad emocional de quienes están bajo el influjo de una poción que nadie pidió. Y para los artesanos optó por un lenguaje directo y paródico, con guiños cómicos que alcanzan su cima en la farsa de Píramo y Tisbe del tercer acto, donde Britten se permite una imitación burlesca del belcanto italiano del XIX que es de una fineza extraordinaria.

El papel de Oberon, soberano del reino de las hadas, es probablemente la elección de casting más audaz de la partitura. Britten lo escribió para contratenor porque quería evocar el mundo de los castrati barrocos: esas criaturas sexualmente ambiguas, entre el ángel y el demonio, cuya voz resultaba a la vez perturbadora y fascinante. En el estreno en Aldeburgh lo cantó Alfred Deller, pionero absoluto de la técnica contratenoral moderna, aunque su voz resultaba demasiado pequeña para teatros de mayor envergadura. Durante años la idea generó resistencias y el papel se asignó a mezzosopranos o barítonos en producciones de la Scala, Zúrich o el Bolshói. Fue en 1967, de vuelta en Aldeburgh, cuando James Bowman reivindicó la tesitura original de manera definitiva, y desde entonces todos los grandes Oberon  han sido contratenores.

Para este Sueño, Warner ha optado por una puesta en escena que el propio escenógrafo Christof Hetzer ha descrito como próxima a una instalación de galería de arte: un espacio escénico con columpios y elementos naturales que abarca dos dimensiones, la terrestre y la aérea. El figurinista Luis Filipe Carvalho  ha diseñado un vestuario que marca con claridad las diferencias entre los tres grupos de personajes: las hadas, con sus telas etéreas; los amantes atenienses, con su elegancia cortesana; y los artesanos, deliberadamente prosaicos. El iluminador Urs Schönebaum, habitual del teatro madrileño, se ocupa de revelar los secretos de un bosque que solo existe de noche.

Un elemento llamativo de esta producción es el tratamiento dado al personaje de Puck. En la ópera, Britten apartó a Puck de la convención del canto y lo pensó como un ser acrobático, casi circense. En el estreno de 1960 se lo encargó a Léonide Massine hijo, heredero del legado de los Ballets Rusos. En esta nueva producción, el papel se desdobla: Daniel Abelson lo encarna en escena como actor, mientras que Juan Leiba, bailarín aéreo argentino afincado en España con una extensa trayectoria en danza vertical, asume la dimensión aérea del personaje. Es una solución que amplía el universo físico de la obra y que encaja con la doble dimensión que define la escenografía.

El sueño es una ópera de reparto coral: no tiene un protagonista en el sentido clásico del término, sino varios grupos que se entrecruzan y que exigen intérpretes con la misma solvencia técnica que capacidad actoral. El contratenor Iestyn Davies, uno de los Oberon de referencia de su generación, asume el papel del rey de las hadas. Ya presente en el Teatro Real en producciones como Theodora o Partenope, Davies ha construido una trayectoria estrechamente ligada al barroco y a compositores del siglo XX como Thomas Adès o George Benjamin.

Frente a él, la soprano Liv Redpath da vida a Tytania. Formada en Harvard y en Juilliard, finalista de Operalia y premiada en el Concurso Tenor Viñas del Liceu, Redpath ha interpretado el papel en el Festival de Glyndebourne y se ha convertido en una de las voces más interesantes de su generación para este repertorio. Britten escribió para Tytania algunas de las melodías más románticas y las coloraturas más exigentes de toda la partitura, y Redpath ha señalado que el compositor estaba fascinado por la inocencia y la belleza, algo que se refleja en el hecho de que por una vez concibiera una ópera con final feliz.

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©Teatro Real

El cuarteto de amantes  está formado por intérpretes con sólida presencia en los principales teatros europeos y que ya han trabajado con el equipo artístico en producciones anteriores del Real. Para el grupo de los artesanos, el bajo Clive Bayley encarna a Bottom, el tejedor que despierta con cabeza de asno, junto a Henry Waddington como Quince, Ru Charlesworth como Flute, Stephen Richardson como Snug, John Graham-Hall como Snout y William Dazeley como Starveling.

Un lugar aparte merece la participación de los Pequeños Cantores de la ORCAM, dirigidos como siempre por Ana González, que en esta ópera tienen un protagonismo inusual. En Britten, las hadas son voces infantiles de modo que el coro de niños no es un añadido decorativo sino una pieza estructural de la arquitectura sonora de la obra. A ellos se suman veinte niños actores de entre cuatro y ocho años, así como un grupo de bailarines jóvenes, que completan ese universo feérico que la producción sitúa en el centro del escenario.

La vuelta de Ivor Bolton al foso del Teatro Real tiene algo de reencuentro con una historia que aún no estaba cerrada. El director británico fue director musical titular del teatro entre 2015 y 2025 y su reaparición al frente de la Orquesta Sinfónica de Madrid en el arranque de esta producción generó uno de los momentos de mayor temperatura emocional de la noche del estreno. Bolton conoce a esta orquesta a fondo, y la orquesta lo conoce a él: esa complicidad produce una transparencia y una delicadeza en el foso que la partitura de Britten reclama con insistencia.

Britten ocupa un lugar central en la trayectoria del Teatro Real desde su reapertura en 1997, cuando Peter Grimes marcó el inicio de esa nueva etapa. Desde entonces, el teatro ha programado casi toda la obra operística del compositor: La violación de Lucrecia, Otra vuelta de tuerca, Muerte en Venecia, Gloriana El compromiso del Real con este repertorio le ha convertido en uno de los teatros de referencia mundial para la obra de Britten, un mérito que no todos los coliseos de su categoría pueden reclamar.

La producción llega al Teatro Real con el patrocinio de la Fundación BBVA y con una red de actividades paralelas que amplían el universo de la obra más allá del escenario. Después de sus seis funciones en Madrid, la coproducción viajará al Royal Ballet and Opera de Londres y al Teatro Maggio Musicale Fiorentino.

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