
Hay colecciones de calzado que se presentan en estudio, sobre fondo blanco, con toda la atención puesta en la pieza. La de Hermès para el otoño-invierno 2026 eligió lo contrario, la costa, con su luz difusa, sus rocas planas y el sonido implícito del agua. Las fotografías de Jo Nelson Scott sitúan cada modelo en un paisaje que parece indiferente a la moda, y precisamente por eso funcionan. El calzado no necesita artificio.

La colección femenina arranca con los derbies en veau toscan, un punto de partida que dice mucho sobre la temporada. El cuero toscano tiene una personalidad marcada ligeramente rugoso, con una pátina que mejora con el uso y aplicado a una forma tan clásica como el derby, el resultado es una pieza que se sitúa entre lo masculino y lo femenino sin decidirse del todo. Esa ambigüedad es una de las claves de la temporada.

De ahí la colección se mueve hacia territorios más complejos en cuanto a construcción. Las botas altas combinan veau y chèvre velours vaqueta y cabritilla aterciopelada con una cremallera de gran tamaño y una pieza de cierre en el tobillo que tiene más de herramienta que de adorno. No son botas que pasen desapercibidas. Tampoco lo pretenden. La línea cromática va del camel al negro con una transición que se convierte en el diseño mismo. Hermès lleva décadas trabajando con artesanos especializados en marroquinería la maison tiene talleres en Francia donde cada pieza pasa por manos expertas y esa tradición se nota especialmente cuando los materiales son tan protagonistas.
Para las ballerinas y botines en nappa metalizada, la apuesta cambia de registro. El metalizado aquí no es sinónimo de ostentoso, la nappa tiene una caída y una suavidad que suavizan el efecto especular, y el resultado es un zapato con vocación de tarde-noche que sin embargo podría funcionar perfectamente de día. Las ballerinas con hebilla Hapi merecen una mención aparte, la hebilla Hapi es uno de esos diseños de la casa que han cruzado objetos y temporadas sin perder su geometría particular, y su presencia aquí sobre una nappa en burdeos le da a una forma tan cotidiana como la bailarina una identidad muy concreta.

Las sandalias de tacón en terciopelo son, probablemente, la pieza más fotogénica de la colección femenina. El talón está trabajado con una estructura de calado que recuerda a los tapices de metal que Hermès ha utilizado en otras categorías de producto. No es solo decoración, hay en ese tacón una lógica arquitectónica que convierte el zapato en objeto. El terciopelo marrón coñac del resto de la pieza actúa como contrapunto orgánico a esa estructura más rígida.

La colección masculina mueve el argumento hacia la funcionalidad, pero una funcionalidad que no renuncia al criterio. Los sneakers en toile technique con chèvre velours y veau Héritage el cuero Héritage es una referencia recurrente en el léxico de la casa, evocadora del equipaje de viaje con el que todo empezó aparecen con un detalle de color amarillo que interrumpe la paleta neutra de la temporada. Es el tipo de guiño cromático que Hermès maneja bien, suficientemente presente para ser intencional, suficientemente discreto para no parecer un reclamo.

Las botas masculinas en veau y peau lainée apuestan por el interior de borreguillo y la caña alta, lo que las sitúa en esa zona de confort entre el calzado técnico y el de ciudad. Y las sandalias en veau velours de doble hebilla fotografiadas sobre piedra, con pantalones oscuros son el cierre lógico de una colección que no distingue tanto entre estaciones como entre actitudes.
En conjunto, la propuesta de otoño-invierno 2026 mantiene la coherencia que caracteriza al calzado de Hermès desde hace temporadas, materiales nobles tratados con seriedad, formas que no persiguen la novedad por sí misma y una relación entre el objeto y quien lo lleva que asume cierto nivel de compromiso. No es calzado para quien busca impacto inmediato. Es para quien sabe esperar.


