El Ballet Estatal de Viena regresa con fuerza al Teatro Real de Madrid para celebrar su 25.º aniversario sobre este escenario, presentando un programa doble de alto impacto artístico que combina precisión técnica, profundidad emocional y belleza coreográfica. Concertante, de Hans van Manen, y 4, de Martin Schläpfer, director actual de la compañía, forman una propuesta poderosa, vibrante y conmovedora que conecta con el alma del espectador a través del lenguaje universal de la danza. Acompañadas por la Orquesta Titular del Teatro Real y la brillante soprano Marina Monzó, estas funciones prometen ser una experiencia sensorial inolvidable, donde cuerpo, música y emoción se entrelazan en un espectáculo de primer nivel.
Hace veinticinco años, la compañía austriaca debutaba en Madrid con una versión inolvidable de Manon, desplegando ya entonces una maestría técnica y una expresividad escénica que marcaron a quienes la vieron. Desde entonces, el vínculo con el público madrileño no ha hecho más que crecer. En 2017, regresaron con una lectura renovada de El corsario, que confirmó su lugar entre las grandes formaciones europeas de danza. Este nuevo retorno, cargado de simbolismo, llega en un momento de madurez artística, con un programa diseñado no solo para deslumbrar por su virtuosismo, sino para conmover en lo más profundo.
La primera coreografía del programa está firmada por Hans van Manen y se construye sobre la Petite symphonie concertante de Frank Martin, una partitura cargada de lirismo y tensión. Sobre esta base, ocho intérpretes trazan líneas precisas en el espacio con movimientos calculados, casi matemáticos, que alternan con pasajes de aparente improvisación. Sin embargo, nada queda al azar: cada desplazamiento, cada cruce de cuerpos, está articulado dentro de una estructura rigurosa, casi invisible, que sostiene la obra como un mecanismo perfecto.
A nivel visual, el trabajo es igualmente refinado. El vestuario, diseñado por Keso Dekker también autor de la escenografía, aporta color y textura al espacio escénico, mientras que la iluminación de Joop Caboort baña el escenario con una luz que subraya el carácter abstracto y atemporal de la propuesta. No hay argumento ni personajes definidos, pero sí una atmósfera intensa que habla directamente al espectador. Es una pieza que seduce por su equilibrio entre la forma y la emoción, por su capacidad de comunicar sin necesidad de narrar.
El segundo título de la noche lleva la firma del actual director artístico del conjunto vienés, Martin Schläpfer, y se inspira en la Sinfonía nº 4 en sol mayor de Gustav Mahler. Esta creación marcó el inicio de su etapa al frente de la compañía en 2020, y fue concebida como una declaración de principios: implicar a todos los bailarines, mostrar la diversidad del grupo y abrir un espacio a la expresión individual dentro del colectivo. La música, profundamente expresiva y llena de contrastes, sirvió de punto de partida para desarrollar una coreografía de alto contenido simbólico y emocional.
En esta propuesta, la danza se convierte en una exploración de lo humano. A través de gestos, figuras y silencios, emergen emociones como la ternura, la fragilidad, la inquietud o el asombro. Dos intérpretes funcionan como figuras recurrentes, casi como una conciencia escénica: observan, comentan, se implican y se retiran. No hay una narrativa convencional, pero sí una lógica emocional que se despliega a medida que avanza la música. La intervención vocal de la soprano española Marina Monzó aporta una dimensión extra de lirismo, intensificando aún más el carácter íntimo y evocador de la obra.
La elección de Mahler no es casual. Su lenguaje sonoro, con todas sus rupturas, anhelos y contradicciones, se presta a un trabajo coreográfico que no teme ahondar en lo invisible. En esta pieza, el cuerpo no solo interpreta, sino que piensa, recuerda, se interroga. El movimiento se vuelve pensamiento, emoción encarnada. Es una reflexión dancística sobre la existencia, sus desvíos, sus luces y sus sombras. Una pieza que exige tanto del intérprete como del espectador.
Con este programa doble, el Ballet Estatal de Viena no solo reafirma su excelencia técnica y artística, sino que ofrece una vivencia estética de profundidad poco común. Cada obra presenta un universo propio, pero juntas forman un recorrido coherente y conmovedor, como dos perspectivas complementarias sobre un mismo impulso creativo: el deseo de expresar lo inefable, de dar forma a lo que escapa a las palabras.
El reencuentro entre la compañía y Madrid es mucho más que una celebración. Es una invitación a detenerse, a contemplar y a sentir. Una propuesta artística que va más allá del entretenimiento y que se inscribe en la memoria del espectador con la intensidad de lo auténtico. Porque lo que aquí se ofrece no es solo danza: es emoción, pensamiento, belleza y verdad en estado puro.


