
El Domaine de Chaumont-sur-Loire lleva siendo una primera desde 2008, cuando al región Centre-val de Loire decidió transformar un château renacentista con vistas al Loira en algo mucho más difícil de definir y más necesario: un centro donde el arte contemporáneo y la naturaleza conviven en términos de igualdad. Dieciocho temporadas después, la fórmula no solo sigue vigente sino que se ha refinado hasta adquirir una solidez que pocas instituciones culturales europeas pueden presumir.
La temporada de 2026, que se extiende del 29 de marzo al 1 de noviembre, reúne a doce artistas en torno a un color que la comisaría Chantal Colleu-Dumond describe como “mental más que cromático”: el azul. No el azul decorativo ni el azul del branding, sino el azul que aparece en la pintura de Marc Desgrandchamps detrás de los troncos negros, el azul cósmico e incandescente de Evi Keller, el azul del silencio y del duelo de Pascal Convert instala en la torre de Diana. Es un programa que invita a ralentizar, a mirar de otra forma, a aceptar que el arte tarda más en actuar que un algoritmo.

En las galerías altas del Château, Marc Desgrandchamps presenta Morphogénèses, tres décadas de pintura en torno al paisaje como memoria y como inquietud. sus telas son el tono que marca el inicio del recorrido. Al otro lado del pasillo, en las Galerías bajas del ala oeste, Claudio Parmiggini despliega sus Delocazioni: grandes paneles donde el humo y el hollín han dejado la silueta fantasma de libros ausentes. Su mano nunca toca el soporte, es el fuego y el aire quienes dibujan. Monumentos al haber desaparecido, estas bibliotecas de humo son una elocuencia silenciosa difícil de olvidar.
La propuesta más perturbadora del programa es la de Pascal Convert en los sótanos de la Torre de Diana. El artista ha instalado allí ocho campanas de bronce y cristal que flotan sobre el suelo de una delta octogonal donde en su día desangraba la caza que comían los príncipes del château. Cada campana lleva en la corona una crin de caballo, convirtiéndose en una cabeza coronada de cabello flotante. La obra, titulada Vole, cheval à la blanche crinière…, habla de muerte, de historia y de fragilidad humana con una precisión que solo funciona aquí, en este espacio exacto.

En el pequeño Salón, las esculturas arácnidas de Antonio Crespo Foix, que es el único español del programa, dialogan con el mobiliario histórico del espacio. El artista de Valdepeñas teje bambú, rafia, polen y filamentos metálicos en formas que flotan entre lo orgánico y lo geométrico, desafiando nuestra idea de lo que debe pesar una escultura. En la Galería de los Puercoespines y en el Patio de la Granja, esculturas y dibujos de Eugene Dodeigne muestran sus piedras de Soignies azuladas, talladas a golpe visible , con esa violencia y esa ternura que convivieron siempre en su obra.
Astrid de la Forest vino a dibujar directamente en el parque y una noche soñó que se convertía en árbol y en pájaro. De esa experiencia nacen sus grabados de carburo que llenan las Galerías del Fenil Bajo y de Agnes Varda. Junto a ella, Evi Keller presenta en la misma galería sus grandes superficies de película plástica transformadas durante meses mediante pigmentos, minerales y exposición directa a los elementos. Su azul denso y vibrante es el que detiene al ojo en todo el recorrido.

En los Establos de Burros, Anaïs Lelièvre despliega dibujos de gran formato y cerámicas que evocan estratos volcánicos, glaciares que se fracturan y conchas fosilizadas en la piedra: paisajes interiores que oscilan entre la geología y la poesía. En el Granero de las Abejas, Janine Thüngen-Reichenbach presenta esferas moldeadas en silicona sobre la corteza de árboles de la Vía Apia Antica, cada una un microcosmos que preserva la memoria del árbol. La Galería de las Caballerizas acoge las esculturas de Bernard Pagès: conos de madera tallada que brotan de masas de tornillos oxidados, en equilibrio precario pero firme. Lionel Sabatté instala debajo del Porche de las Caballerizas un búho que vigila el patio en silencio, echando un pulso tranquilo con el pájaro monumental de Dodeigne al otro lado. Y en el Parque Histórico, Ghyslain Bertholon cierra el recorrido con Resiliencia: un toco de secuoya quemada del que brota, a través del hacha que lo mató, una rama de bronce y oro con hojas nuevas.


Chaumont-su-Loire no es un museo, ni un parque temático, ni una feria. Es un lugar que se ha tomado en serio la idea de que el arte necesita contexto y de que el contexto mas honesto para una obra de arte es el paisaje donde respira. La temporada de arte convive con el Festival Internacional de Jardines, las Conversaciones bajo en árbol y el hotel Le Bois des Chambres para quienes quieran quedarse a dormir en medio de todo esto. El domaine abre 363 días al año y funciona con un 75% de autofinanciación. Hay pocos modelos culturales en Europa que hagan lo mismo con tanta elegancia.


