“La danza es el lenguaje primario de la humanidad, que hemos reemplazado con el conceptual, el de las palabras”.

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Fotografía cortesía de Daniel Proietto

Por Carmen Cocina.

Admirador de Sergei Diaghilev, los grandes bailarines rusos y el teatro kabubi, DANIEL PROIETTO supo desde su más tierna infancia que se dedicaría en cuerpo y alma a la danza. Hablamos con el talentoso bailarín y coreógrafo sobre el estado actual de, sostiene, “el lenguaje más primario de la humanidad” y de su plataforma de divulgación KNOW NATION.

A Daniel Proietto el aliento de Dios le llegó cuando tenía nueve años: fue el gran maestro de ballet Basil Tupin, bailarín polaco residente en Argentina que en su día formó parte de la última generación de Les ballet russes en Montecarlo, quien avivó la llama de la danza en ese chiquillo naturalmente despierto e inquieto. “De pequeño yo era muy curioso”, cuenta un sonriente Proietto desde su estudio neoyorkino, una amplia sala (ahora vacía, para variar) rodeada de enormes espejos verticales y burros sobre los que descansan las prendas con las que él y el resto de los bailarines de su compañía contorsionan cada día sus cuerpos durante horas. “Me interesaba todo y siempre quería apuntarme a cosas nuevas: hice teatro, música, piano, canto (fui niño soprano), cursos de literatura y cultura… Me encantaba aprender. La música y el teatro siempre me llamaron mucho la atención. Un día fui con mi madre a llevar a mi hermana a ballet y Lupin se acercó y me preguntó si quería ser bailarín. Cuando me dijo que todo lo que había aprendido hasta entonces estaba en la danza, se me abrieron los ojos como platos. Ya entonces me di cuenta del potencial interdisciplinario de la danza”. Una manifestación artística en la que Proietto, tan polifacético como prolífico, aúna la música, la dramaturgia, la escultura del cuerpo, la arquitectura del espacio a través del movimiento, la pintura o la moda con un repertorio en el que figuran títulos tan elocuentes como Beautiful Failure, Democracy, Nothing Personal, Cri de Coeur, Oblivion, Simulacrum, Goddamn Beauty o Sinnerman en los que se conjugan magistralmente la expresión emocional y la crítica social. Porque, como él mismo dice, “para qué elegir entre unas cosas y otras si con la danza lo tengo todo”.

-Como bien apuntaba de niño, se ha convertido en un hombre del Renacimiento: empezó como bailarín, pero con el tiempo también ha forjado una sólida carrera como coreógrafo, escritor y director de escena. ¿Qué le aporta cada una de esas facetas?

-Siempre fui muy rápido en el colegio, pero ya de muy niño les dije a mis padres que quería dejarlo para formarme como bailarín. Y mi familia lo aceptó: me consagré a la danza cuando tenía doce años. Iba al estudio de mi maestro de seis de la tarde a diez de la noche, y también al Instituto del Teatro Colón de las ocho de la mañana a la una de la tarde. El resto del día lo dedicaba a hacer pruebas para obras. El ambiente en el Instituto era muy competitivo, muy elitista. Tuve compañeros que luego trabajaron en el Royal Ballet de Londres y en el American Ballet Theater. Pero no era una competitividad malsana, al contrario: todos queríamos llegar muy lejos y sentíamos una gran pasión por lo nuestro. Sabíamos que teníamos que dedicarle muchas horas.

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Fotografía cortesía de Daniel Proietto

-¿Cree que la danza tiene un poder narrativo?

-Siempre digo que la danza es el lenguaje original de la humanidad, que hemos perdido al reemplazarlo con el lenguaje conceptual, el de las palabras. Y a diferencia de la danza, que es una expresión primaria que habla con el cuerpo, el lenguaje conceptual no es totalmente auténtico, sino que es algo psicológico y se mueve desde otro lugar. Ahora la danza, a veces, se conceptualiza, y para mí eso es como matarla. Las palabras se quedan, pero la danza atraviesa las almas. El poder del movimiento genera un conjunto energético en el espacio. El público te brinda una tensión espacial y yo utilizo esa energía invisible y la transformo para ofrecer algo. Y esa transformación no es intelectual, sino primaria, intuitiva y sensorial, desde lo animal, la respiración y el olor. Y cuando no es así, cuando la danza es un artificio desconectado de la intención, se nota: la comunicación se vuelve jeroglífica, intelectual, deja de ser visceral y aparece un vacío palpable por el público. Lo que yo inculco a los bailarines es que estén en conexión total con su cuerpo y con el espacio: cuando es o sucede, la expresividad es máxima en el rostro, las manos y el movimiento. Y ahí está el poder de comunicación de la danza.

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