Bajo el título 'Variaciones', el Museo Thyssen recopila 77 obras de la artista sevillana desde el 23 de junio hasta el 27 de septiembre.
Óleos, carboncillos y esculturas son tan solo algunas de las muestras que esta exposición acoge. Están organizadas en nueve secciones dedicadas a sus iconografías más representativas, ofreciendo de esta manera un paréntesis entre las obras más recientes y más tempranas. Desde sus primeros trabajos, Laffón mostró un interés especial por los objetos sencillos y los paisajes cercanos. Lejos de buscar la espectacularidad, la artista sevillana centró su mirada en aquello que normalmente pasa desapercibido: una mesa, una cesta, un armario, la luz sobre una pared o el horizonte de Sanlúcar de Barrameda. Esa atención al detalle y a la atmósfera convirtió su pintura en un espacio de contemplación silenciosa, donde el tiempo parece detenerse.
La exposición evidencia cómo la artista fue transformando progresivamente su lenguaje pictórico. En sus primeras etapas predominaba una representación más figurativa y detallada, ligada al retrato de interiores y naturalezas muertas. Sin embargo, con el paso de los años, su obra comenzó a desprenderse de los límites estrictos de la forma para acercarse a terrenos más abstractos. Las manchas difuminadas, las superficies veladas y los contornos casi desaparecidos comenzaron a dominar sus composiciones, generando imágenes cargadas de sensibilidad y emoción.
Este tránsito hacia la abstracción nunca supuso una ruptura total con la realidad. En Laffón, incluso las obras más etéreas conservan una conexión con el mundo tangible. Sus paisajes, por ejemplo, continúan remitiendo a lugares reales, aunque transformados por la memoria y la percepción subjetiva. La artista no pretendía copiar el entorno, sino capturar la sensación que este producía en ella. De esta manera, sus cuadros funcionan como espacios emocionales más que como representaciones exactas.
Uno de los aspectos más destacados de la muestra es la presencia de las series dedicadas a las salinas de Bonanza, las viñas andaluzas o el paisaje del Coto de Doñana. Estos escenarios aparecen repetidamente en su obra como variaciones de una misma búsqueda visual y emocional. Más que representar un lugar concreto, Laffón parecía interesarse por la atmósfera, la luz cambiante y el paso del tiempo sobre el paisaje.
Otro de los aspectos más destacados de la exposición es la presencia del dibujo como herramienta fundamental dentro del proceso creativo de Carmen Laffón. Los carboncillos y bocetos expuestos revelan una mirada paciente y analítica, capaz de detenerse en los pequeños matices de la forma y la luz. A través de trazos suaves y composiciones aparentemente sencillas, la artista conseguía transmitir una enorme intensidad emocional. Lejos de entender el dibujo como un paso previo a la pintura, Laffón lo convirtió en una disciplina autónoma y esencial dentro de su producción.
Así mismo, las esculturas presentes en la muestra permiten descubrir otra dimensión menos conocida de su trayectoria artística. Realizadas principalmente en yeso y bronce, estas piezas trasladan al volumen las mismas preocupaciones que aparecen en su pintura: la memoria de los objetos, la fragilidad de lo cotidiano y la observación silenciosa del entorno. En ellas también se percibe esa búsqueda constante de equilibrio entre presencia y ausencia, entre materia y evocación.
La exposición no solo funciona como una retrospectiva de su carrera, sino también como una invitación a contemplar el mundo desde la calma y la sensibilidad. En una época marcada por la velocidad y la saturación visual, la obra de Carmen Laffón reivindica la importancia de detenerse y observar aquello que normalmente pasa inadvertido. Su legado artístico demuestra que la belleza puede encontrarse en los gestos más simples y en los espacios aparentemente más comunes.


