Hay algo perturbador y fascinante a la vez en mirar el rostro de alguien dibujado hace cien años. No es una fotografía, no pretende ser objetiva, y sin embargo transmite una presencia que muchas veces las imágenes técnicas no alcanzan. De eso trata, en buena medida, MÍRAME. Retratos y retratistas en la Colección ABC, la exposición que el Museo ABC acoge hasta el 24 de julio de 2026 con entrada completamente gratuita.
La muestra reúne más de doscientas obras firmadas por 103 artistas distintos, todas ellas extraídas de la Colección ABC, uno de los archivos de ilustración de prensa más importantes de Europa. Un fondo que custodia más de 150.000 originales de cerca de 1.500 creadores, y que hoy constituye un documento visual de primer orden sobre la sociedad española y su tiempo.


El retrato no ha sido nunca un género neutral. Antes de que existiera la fotografía de prensa tal como la conocemos hoy, era el ilustrador quien decidía cómo se veía un político, una actriz, un torero o una mujer anónima en la portada de una revista. Esa responsabilidad convierte estas obras en algo más que ilustraciones: son interpretaciones, puntos de vista, y en muchos casos, la imagen que quedó para siempre asociada a un nombre.
La representación del ser humano ha sido una constante en la historia del arte, y el retrato ha tenido siempre una doble función: la representativa y la documental. Vinculado al realismo y a la figuración, el género adoptó múltiples formas a lo largo del tiempo antes de que la aparición de la fotografía en el siglo XIX pusiera aparentemente en cuestión su vigencia. Lejos de desaparecer, sin embargo, encontró nuevas vías. Las vanguardias del siglo XX ampliaron sus posibilidades formales, y los nuevos medios de difusión le ofrecieron soportes inéditos. Las páginas de periódicos y revistas comenzaron a llenarse de rostros que reflejaban los cambios sociales de su tiempo, y el retrato dejó de ser únicamente una imagen de distinción para convertirse también en relato visual y crónica de una época.
La exposición propone no solo una revisión histórica, sino también una reflexión sobre el papel del dibujo y la ilustración en la construcción de la imagen pública, recordando que antes de la omnipresencia de la fotografía digital, fueron los ilustradores quienes dieron forma al rostro de toda una época.

Para entender la magnitud de lo que propone MÍRAME, conviene detenerse un momento en lo que es la Colección ABC. Hablamos de más de 150.000 obras originales conservadas durante décadas en el archivo del periódico: los dibujos, gouaches, acuarelas y collages que los ilustradores entregaban semana tras semana para que salieran publicados en Blanco y Negro o en las páginas del diario. Materiales que, en muchos casos, fueron considerados en su momento puro material de trabajo y que hoy, vistos en conjunto, conforman uno de los testimonios visuales más completos sobre la sociedad española del siglo XX.
De ese fondo inmenso, los comisarios de la exposición han seleccionado más de doscientas piezas de 103 creadores distintos. No es una selección arbitraria: el hilo conductor es el retrato, en todas sus variantes posibles dentro del ámbito editorial. Y el resultado es una muestra que funciona simultáneamente como exposición artística y como recorrido histórico y social.

MÍRAME se organiza en cuatro secciones que funcionan casi como capítulos de una historia. La primera, Retratos de primera plana, recupera aquellas portadas que durante décadas fueron el primer reclamo visual desde los quioscos: rostros elegantes, en su mayoría femeninos, que proyectaban distintos modelos de mujer según la época y que hoy leemos también como documentos sobre los roles y aspiraciones de su tiempo. Detrás de cada una de esas portadas hay una decisión estética y también ideológica: qué tipo de mujer sale en la portada de una revista dice mucho sobre lo que esa sociedad considera deseable, admirable o simplemente visible.

La segunda sección, Tipos, costumbres y exotismo, recoge una tradición muy arraigada en la ilustración española: la representación de lo pintoresco y lo regional. Trajes populares, figuras rurales, tipos de distintas provincias o incluso de otros continentes se suceden en imágenes que combinaban valor artístico con una vocación documental aunque también, inevitablemente, con la mirada idealizadora propia de su época. Hoy estas ilustraciones resultan fascinantes precisamente por esa tensión: entre el deseo de registrar fielmente una realidad y la tendencia a embellecer o exotizar lo que se aleja del centro urbano.
Retratos del gran mundo lleva el género a los nuevos escenarios que trajo la modernidad: las carreras de caballos, los cafés, los teatros, los balnearios. La modernidad surgida tras la Revolución Industrial transformó profundamente la vida urbana y generó nuevos espacios de sociabilidad, y la ilustración se convierte aquí en testigo de una sociedad que se transforma y que necesita verse reflejada. El individuo ya no aparece solo, sino situado en un contexto que dice tanto como su propio rostro: qué ropa lleva, con quién está, en qué escenario se mueve. El retrato social, en su sentido más amplio.
La cuarta y última sección, Retratos con nombres y apellidos, es quizá la más directa: figuras reales, personajes de la actualidad de su momento, retratados con nombre propio. Antonio Machado, Manuel de Falla, Gloria Fuertes, Salvador Dalí, incluso Osama Bin Laden en una portada del ABC de 2011… El espectro temporal y temático es enorme, y eso es parte del interés de la sección. La caricatura convive con el retrato realista, el trazo expresionista con la línea más clásica. Y en muchos casos, la representación creada por el ilustrador terminó convirtiéndose en la imagen más recordada de esa persona.

Una de las virtudes de la exposición es que pone en valor no solo las obras sino también a quienes las firmaron. Algunos nombres resultan hoy prácticamente desconocidos fuera del mundo especializado, pero en su momento eran ilustradores con una presencia pública comparable a la de cualquier estrella mediática de hoy. Firmas como las de Rafael de Penagos, Baldrich, Echea o Delhy Tejero alternan con trabajos de artistas más cercanos en el tiempo, como Santiago Ydáñez, cuyo acrílico de 2002 cierra cronológicamente el recorrido y recuerda que esta tradición no es solo historia, sino también presente.
Coti, cuyo nombre real era Lucrecia Martínez Feduchi Benlliure, aparece con una portada de 1960 que destila una modernidad sorprendente. Juan González Cebrián, con su retrato de Greta Garbo de 1929, demuestra que la prensa española de entreguerras miraba al mundo con una sofisticación que a veces se tiende a subestimar. Son esos descubrimientos individuales, esas pequeñas sorpresas dentro del recorrido, los que convierten MÍRAME en una exposición que merece tomarse con calma.


El Museo ABC, ubicado en la calle Amaniel en un edificio que fue la primera fábrica de Cervezas Mahou en Madrid, fue inaugurado en 2010 y trabaja en la conservación, investigación y difusión de este patrimonio. El espacio en sí ya justifica la visita: rehabilitado por el estudio Aranguren & Gallegos, organiza sus salas en torno a un patio interior que actúa como atrio y da a todo el conjunto una luz y una proporción poco habituales en los museos de la ciudad. No es un museo masificado ni ruidoso. Es el tipo de lugar donde uno puede pararse largo rato delante de una ilustración de 1915 sin que nadie le empuje por la espalda.
La exposición se enmarca además en el programa de colaboración entre la Fundación Colección ABC y el Ayuntamiento de Madrid, con el apoyo del Área de Cultura, Turismo y Deporte, lo que explica que la entrada sea gratuita. En un momento en que Madrid compite consigo misma en oferta cultural, MÍRAME es de esas propuestas que pasan un poco por debajo del radar mediático pero que, para quien se acerca, resultan genuinamente memorables.
MÍRAME es, en definitiva, una exposición que invita a hacerse una pregunta sencilla pero con mucho fondo: ¿quién decide cómo nos ven? Durante más de un siglo, en buena parte, fueron ellos: los ilustradores de prensa. Sus rostros de tinta siguen mirando desde las paredes del Museo ABC hasta finales de julio. Vale la pena devolverles la mirada.


