Hay nombres que la historia guarda con especial cuidado, no por su obediencia sino por todo lo contrario. Athénaïs de Montespan fue una de esas figuras, musa, gran amor de Luis XIV y una de las mujeres más influyentes, y más temidas, de la corte de Versalles. Inteligente, magnética, adelantada a su tiempo en una época que no siempre sabía qué hacer con las mujeres que brillaban demasiado. Parfums de Marly la rescata ahora como protagonista de su nueva creación olfativa, Athénaïs, y el resultado es tan complejo y luminoso como la propia figura que la inspira.

La Maison parisina, fundada por Julien Sprecher en 2009 bajo la premisa de capturar el espíritu hedonista y refinado de la corte del siglo XVIII, lleva años construyendo un universo de alta perfumería donde la historia y la modernidad conviven sin tensiones. Con Athénaïs, ese equilibrio alcanza quizás su expresión más clara, la fragancia inaugura un nuevo capítulo dentro de la colección Les Signatures, marcada por una energía vibrante y una estética que la propia casa define como “pop”, aunque se trate de un pop que no renuncia en ningún momento a la elegancia. Tradición y contemporaneidad no como opuestos, sino como dos caras de una misma personalidad.

Y esa dualidad es, precisamente, el núcleo de la composición. Athénaïs se construye sobre un juego de contrastes entre frescura y sensualidad que se despliega en tres tiempos. Las notas de salida, neroli, bergamota y yuzu, abren con una luminosidad chispeante, casi eléctrica, que evoca inmediatamente vitalidad y presencia. El neroli, en particular, tiene aquí un papel protagonista, recolectado al amanecer en el norte de África, aporta esa frescura delicada que solo se consigue trabajando la materia prima en su punto exacto de madurez. Con él, la bergamota añade un toque cítrico más intenso y el yuzu introduce una nota asiática sutil que moderniza el conjunto sin disonancia.

El corazón de la fragancia es donde aparece la corte. El azahar y el jazmín sambac tejen una riqueza floral que recuerda a los jardines de Versalles en pleno verano, cargados y suntuosos, pero sin caer en lo pesado. Hay elegancia en esa elección, una referencia directa al ambiente de refinamiento extremo en el que Athénaïs de Montespan se movió durante décadas, marcando tendencias estéticas que todavía resuenan en la perfumería francesa actual. Finalmente, el fondo resuelve la ecuación con haba tonka, vainilla y acordes ambarinos que dejan una estela cálida, adictiva y profundamente femenina. La haba tonka, trabajada aquí en distintas facetas, introduce esa dimensión de sombra que equilibra tanta luz. Es el contrapeso perfecto, sin él, la fragancia sería hermosa pero predecible.

El frasco, en tonos rosa y naranja de una vivacidad casi pictórica, materializa visualmente ese mismo diálogo entre lo delicado y lo poderoso. La silueta característica de Parfums de Marly reconocible, con sus ornamentos barrocos y su borla característica aquí se viste de colores que hablan de energía y movimiento, en línea con la campaña que acompaña el lanzamiento. Las imágenes, firmadas por el dúo de fotógrafos Sofia Sanchez & Mauro Mongiello, presentan a una heroína contemporánea en pleno movimiento: ni quieta ni complaciente, exactamente como la mujer que da nombre al perfume.
Athénaïs es, en definitiva, una declaración de intenciones. Parfums de Marly no se limita a homenajear a una figura del pasado, sino que la convierte en símbolo de algo muy presente, la idea de que la feminidad no necesita elegir entre la suavidad y la fuerza, entre lo espontáneo y lo refinado. Como la propia Athénaïs de Montespan, esta fragancia sabe perfectamente lo que es y no se disculpa por ello.


