A veces, para crear algo nuevo, solo hace falta eliminar lo sobrante. Quitar las capas que se han ido apilando sobre lo original. Ese polvo acumulado por el viento, y por las convenciones sociales, que se deposita encima de lo primordial. Así, la labor de la arquitectura se puede asimilar con la de un arqueólogo que, con un pincel, descubre, con cuidado e, incluso, sorpresa, una joya del pasado que ilumina el presente. Para ello se requiere sensibilidad y conocimiento para reconocer el valor de lo irreemplazable, imaginación para hacerlo dialogar con lo actual y talento para innovar y diseñar soluciones que nos conecten con el lugar que habitamos. Conversamos de todo ello con una experta en la materia, Virginia del Barco, fundadora de ideo arquitectura.
Por Íñigo de Amescua

“Pues la verdad es que yo quería ser bailarina. Bailé mucho desde muy pequeña. Siempre me pregunto cómo hubiera sido mi vida si hubiese decidido orientar mis esfuerzos por ese camino”.
Estamos en Tetuán, Madrid, en plena primavera; un barrio de aluvión con casas bajas y calles enmarañadas. Casi a la sombra de las cuatro torres que se alzan, oscuras, en el horizonte. El cuartel general de ideo arquitectura destaca con sus paredes color naranja entre los edificios del vecindario. “Uno de mis primeros contactos con la arquitectura – nos cuenta Virginia – fueron las maquetas de trabajo de mi padre, que era promotor inmobiliario. Se podían ir abriendo por capas y descubrías así dónde iba la piscina, los jardines… Ese juego estimuló mucho mi imaginación”.

El espacio de su estudio está dominado por una larguísima mesa con cubierta de cristal que parece una escultura de upcycled art o suprarreciclaje según teóricos como William McDonough o Michael Braungart. Una pieza que, como su particular Rosebud, se ha convertido en un manifiesto y en una sublimación del carácter del estudio. “Esta mesa, que hemos bautizado como Lacan, y Patisserie en Rose son, de momento, los dos proyectos en los que pienso que he sido más libre para poder desarrollar nuestras ideas como arquitectos. La hemos hecho nosotros, con nuestras manos, reutilizando materiales, uniéndolos, dándoles un nuevo significado. Incluso los pigmentos de los bloques de escayola que constituyen la estructura de las patas son naturales. Su esqueleto está formado por unas vigas metálicas de un forjado que encontramos junto a una nave y un redondo de acero. Lacan es una declaración de intenciones. Por un lado, posee ese carácter industrial, de reutilización, de reasignación, de valorización de materiales y, por otro, aporta la levedad, delicadeza y la transparencia del cristal. Siempre me ha fascinado esta combinación de naturalezas aparentemente opuestas. Esa manera de ser, a la vez, la Bella y la Bestia. Me siento cerca de lo sublime, pero también me identifico con la belleza de lo sórdido”.
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