La Galería Fernández Braso celebra una muestra de una treintena de obras del pintor malagueño realizadas entre 2024 y 2026.
En el patio de un cortijo, Alfonso Albacete evoca a los fantasmas del pasado, que en su momento formaron parte de su vida y ahora han pasado a ser tan solo memoria pintada. Pincel en mano, Albacete pinta inspirandose en todos aquellos pintores que le han marcado como De De Kooning, Pollock, Diebenkorn, Stella, Jasper o Johns que son algunos de sus mayores referentes en el mundo de la pintura. El malagueño, reflexiona consigo mismo en el momento de pintar preguntándose «¿qué significa eso?» , de esa forma no se limita a distinguir entre los múltiples estilos de pintura como la figuración o la abstracción e inlcuso naturaleza o representación, asumiendo la tarea de pintar como si de una performance se tratara.
Otro rasgo esencial de su trabajo es la relación entre arquitectura y pintura. Su formación como arquitecto se percibe en la construcción de los espacios, en la manera de organizar las composiciones y en el interés por puertas, ventanas o estructuras geométricas. Sin embargo, esa organización racional convive con el azar del gesto pictórico, con los drippings, manchas y huellas que introducen movimiento e imprevisibilidad. Esa tensión entre control y espontaneidad es precisamente una de las claves de su lenguaje visual.
A lo largo de su carrera, Alfonso Albacete ha defendido una idea de la pintura entendida no solo como representación, sino como pensamiento en acción. Sus cuadros no buscan respuestas cerradas; invitan al espectador a recorrerlos, descubrir conexiones y participar activamente en la construcción del significado. En “Pintura de campo”, esa concepción alcanza una gran madurez: cada obra parece abrir un diálogo entre memoria, historia y experiencia visual. La exposición confirma así la relevancia de un artista que ha sabido mantener una voz propia dentro del arte español contemporáneo y cuya obra continúa evolucionando con una extraordinaria libertad creativa.
En sus cuadros, la pintura se comporta casi como una performance. El gesto adquiere una importancia fundamental y deja visibles manchas, drippings y huellas que evidencian el movimiento del cuerpo sobre la superficie. Sin embargo, esa aparente espontaneidad convive con una estructura cuidadosamente construida. La formación de Albacete como arquitecto se percibe claramente en la organización del espacio pictórico, en el uso de líneas geométricas y en la aparición de elementos arquitectónicos como puertas, ventanas o límites visuales que ordenan la composición. Esa tensión entre racionalidad y libertad es una de las características más reconocibles de su trabajo.
La luz también ocupa un lugar esencial dentro de la muestra. En algunas obras domina una claridad mediterránea que remite a la tradición levantina, mientras que en otras aparecen sombras profundas y contrastes dramáticos cercanos al barroco andaluz. Gracias a esa dualidad lumínica, los espacios parecen transformarse continuamente, generando una atmósfera inestable y casi teatral. El patio del cortijo deja de ser únicamente un lugar físico para convertirse en un territorio mental donde pasado y presente conviven simultáneamente.
Alfonso Albacete ha desarrollado una trayectoria muy ligada a algunos de los espacios artísticos más importantes de España. Expone desde los años setenta en galerías y museos de referencia, en instituciones como Fundación Lázaro Galdiano, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo o el Centro Cultural Las Claras. Su obra forma parte de colecciones de gran prestigio, entre ellas las del Museo Reina Sofía, el Museo de Arte Abstracto Español y el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
En 2022, fue nombrado académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, dentro de la sección de Pintura. Su incorporación oficial tuvo lugar en 2023 mediante la lectura de un discurso titulado Bosquejo de Pintura Hablada, un hecho que refuerza su posición como una figura consolidada dentro del arte contemporáneo español.


